Nuestra Historia por Escribir

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Un choque en una acera mojada de Madrid, tres horas de café, veintidós ciudades y un labrador llamado Snow. Pedro repasa todo lo que han construido y, en la última página, deja de narrar para preguntar.

De qué habla este cuento

Que una historia de amor se cuenta con las cosas pequeñas: la última galleta, las flores del viernes, el perro esperando en la puerta

El cuento

Capítulo 1: Cuando todo comenzó

Era una mañana de octubre cuando el destino decidió entrelazar dos caminos que hasta entonces habían discurrido por sendas completamente diferentes. Lucía corría hacia la facultad, con los libros desordenados en su mochila y el pelo alborotado por el viento otoñal que barría las calles de Madrid. Pedro esperaba el autobús, distraído leyendo las noticias en su móvil.

Lucía y Pedro se agachan a recoger libros que vuelan por una calle empedrada y mojada de la ciudad

El choque fue inevitable. Los libros de Lucía volaron por los aires como pájaros desorientados, esparciendo conocimiento por la acera mojada. Pedro levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo aquella chica de sonrisa tímida y ojos brillantes se disculpaba profusamente mientras recogía sus pertenencias. Sin dudarlo, se agachó para ayudarla. «Sociología del comportamiento humano», leyó en voz alta mientras le tendía uno de los libros. «Qué casualidad, yo también estudio sociología». Lucía alzó la vista, sorprendida. En ese momento, algo mágico e inexplicable comenzó a gestarse entre ellos.

La conversación fluía con una naturalidad asombrosa. Pedro descubrió que Lucía tenía una risa contagiosa que iluminaba incluso las mañanas más grises. Ella notó cómo él escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas inteligentes que demostraban un interés real en sus palabras. Cuando el autobús de Pedro llegó, ninguno de los dos quería que ese encuentro fortuito terminara. «Podríamos continuar esta conversación tomando un café», sugirió él.

La cafetería de la esquina se convirtió en el escenario de su primera cita improvisada. Pedro pidió un café solo; Lucía optó por un chocolate caliente con nata montada. Entre sorbo y sorbo, compartieron historias de su infancia, sueños universitarios y planes para el futuro. Lucía confesó su amor por los perros callejeros que alimentaba en secreto. Pedro admitió que tocaba la guitarra por las noches para relajarse. Cuando se dieron cuenta, habían pasado tres horas conversando. El tiempo había volado de manera inexplicable, como si el universo hubiera decidido ralentizarse para permitir que se conocieran mejor.

Las semanas siguientes estuvieron llenas de mensajes divertidos, llamadas nocturnas y encuentros casuales que ya no eran tan casuales. Pedro descubrió que Lucía coleccionaba marcapáginas antiguos y que leía novelas románticas cuando nadie la veía. Lucía se enteró de que Pedro escribía poemas en servilletas de papel cuando se inspiraba. Sus amigos comenzaron a bromear sobre la evidente química que existía entre ellos.

La primera cita oficial llegó una tarde de noviembre. Pedro la llevó a un mercadillo de libros usados, recordando su pasión por la lectura. Lucía encontró una primera edición de García Lorca; Pedro le regaló un marcapáginas de plata con una pequeña luna grabada. Después cenaron en un restaurante italiano pequeño y acogedor, donde compartieron una pizza margarita y descubrieron que ambos tenían la costumbre de guardar los recuerdos más insignificantes. Cuando Pedro la acompañó a casa, ambos sabían que esto era el comienzo de algo especial y duradero.

Capítulo 2: Construyendo juntos

Lucía se ha quedado dormida sobre los libros en una mesa de la biblioteca, con una taza al lado

El amor llegó de puntillas, sin avisar, durante una tarde lluviosa de diciembre. Pedro y Lucía estaban estudiando en la biblioteca cuando ella se quedó dormida sobre los libros. Él la observó en silencio, sintiendo cómo algo cálido y poderoso crecía en su pecho. En ese momento supo, con absoluta certeza, que quería proteger esos sueños tranquilos para siempre.

Lucía se dio cuenta de sus sentimientos una semana después, cuando Pedro enfermó de gripe. Sin pensárselo dos veces, apareció en su puerta con sopa casera, medicinas y una sonrisa preocupada. Mientras le tomaba la temperatura y le preparaba té con miel, comprendió que cuidar de él no le parecía una obligación, sino el lugar más natural del mundo. Pedro, entre la fiebre y la gratitud, murmuró un «te quiero» que ella correspondió sin dudarlo. Era la primera vez que se lo decían, pero ambos sintieron que llevaban meses guardando esas palabras en el corazón.

Los primeros meses de noviazgo estuvieron llenos de pequeñas travesuras y complicidades. Pedro le escribía notas secretas que escondía entre las páginas de sus libros. Lucía le preparaba bocadillos con formas divertidas para sus largos días de universidad. Crearon un lenguaje propio hecho de miradas cómplices y bromas internas que solo ellos entendían.

El primer viaje juntos fue a Valencia, durante las vacaciones de Semana Santa. Pedro había conseguido prestado el coche de su hermano, un viejo Seat León que protestaba en cada cuesta pero que les proporcionó libertad absoluta. Recorrieron la costa mediterránea parándose en pueblos pequeños donde nadie les conocía. Lucía llevaba la cámara de fotos heredada de su abuelo; Pedro una guitarra que apenas sabía tocar pero que les daba excusas para cantar canciones desafinadas bajo las estrellas. En Peñíscola, mientras contemplaban el castillo desde la playa, se prometieron que viajarían juntos a todos los rincones posibles del mundo.

El primer obstáculo serio llegó durante el segundo año de carrera. Pedro tuvo que mudarse temporalmente a Sevilla para hacer prácticas en una empresa de marketing. Lucía se quedó en Madrid, terminando su proyecto de fin de grado. Las llamadas diarias y los mensajes constantes no lograban llenar el vacío de la distancia. Hubo noches difíciles, dudas y lágrimas de frustración.

Pero el amor verdadero encuentra siempre la manera de superar las dificultades. Pedro sorprendió a Lucía apareciendo en Madrid un viernes por la noche, después de conducir cinco horas seguidas. Ella le abrió la puerta en pijama y con lágrimas en los ojos, sin entender cómo había conseguido llegar hasta allí. «No podía pasar otro fin de semana sin verte», le explicó él, abrazándola con fuerza. Esa noche decidieron que ninguna distancia sería jamás más grande que lo que sentían el uno por el otro. Su relación salió fortalecida de aquella prueba.

Capítulo 3: Snow y las pequeñas alegrías

Lucía, agachada junto a los columpios de un parque al atardecer, tiende la mano a un cachorro dorado

Snow llegó a sus vidas una tarde de marzo, cuando Pedro y Lucía ya llevaban dos años juntos y compartían un pequeño apartamento cerca de la universidad. Era un cachorro de labrador dorado que alguien había abandonado en el parque. Lucía lo encontró temblando junto a los columpios, con los ojos tristes y el pelaje sucio.

Pedro llegó a casa esa tarde y se encontró a Lucía en el suelo del salón, jugando con una pequeña bola de pelo dorada que movía la cola con entusiasmo. «Solo será hasta que encontremos una familia que lo adopte», le explicó ella con una sonrisa culpable. Pedro se agachó para acariciar al cachorro, que inmediatamente comenzó a lamerle las manos. «Pues tendremos que ponerle nombre mientras tanto», respondió él, ya completamente conquistado. «Snow», susurró Lucía. «Porque parece una pequeña nube blanca». Ninguno de los dos mencionó la adopción temporal nunca más. Snow se había convertido en familia.

Los primeros días con Snow fueron una aventura caótica llena de zapatos mordisqueados, periódicos destrozados y madrugadas interrumpidas por ladridos juguetones. Lucía descubrió que tenía una paciencia infinita para enseñar trucos. Pedro se convirtió en el compañero de juegos favorito del cachorro. Snow aprendió rápidamente que podía conseguir cualquier cosa con una mirada tierna.

Las rutinas diarias se transformaron con la llegada de Snow. Los paseos matutinos se convirtieron en aventuras donde el pequeño labrador investigaba cada esquina, cada árbol y cada charco con curiosidad científica. Pedro y Lucía descubrieron rincones de su barrio que nunca habían explorado, siguiendo el rastro de las travesuras de Snow. Las tardes de estudio se volvieron más divertidas con un compañero peludo que dormía a sus pies, ocasionalmente protestando cuando los libros ocupaban demasiado espacio en el sofá. Los domingos por la mañana se llenaron de excursiones al campo, donde Snow corría libre mientras ellos disfrutaban de picnics improvisados.

Snow desarrolló rápidamente una personalidad única y entrañable. Por las mañanas despertaba a Pedro lamiendo su cara con insistencia, pero respetaba el sueño de Lucía hasta que ella decidía levantarse. Había aprendido a robar calcetines del cesto de la ropa sucia y esconderlos debajo del sofá como pequeños tesoros. Cuando Pedro tocaba la guitarra, Snow aullaba acompañándole con una melodía propia.

Con Snow, Pedro y Lucía descubrieron una nueva dimensión de su amor. Verle cuidar al cachorro le mostraba a Lucía la ternura infinita que Pedro llevaba dentro. Observar cómo ella educaba a Snow con paciencia y cariño le revelaba a Pedro la madre maravillosa que algún día podría llegar a ser. Los tres se convirtieron en una pequeña familia perfectamente imperfecta. Snow era el hijo travieso que llenaba de risas sus días, el cómplice fiel de sus aventuras y el testigo silencioso de un amor que crecía día tras día, fortalecido por la responsabilidad compartida y los pequeños cuidados cotidianos.

Capítulo 4: El futuro que nos espera

Han pasado ya cuatro años desde aquel encuentro casual en la parada del autobús. Pedro y Lucía se graduaron, encontraron trabajo y construyeron una vida llena de pequeños rituales y grandes complicidades. Snow creció hasta convertirse en un labrador elegante que sigue robando calcetines y acompañando las serenatas nocturnas de Pedro.

Pedro y Lucía viajan en un descapotable rojo cargado de maletas con Snow asomado entre los dos

Los domingos por la mañana siguen siendo sagrados para ellos. Desayunan en la cama mientras Snow espera pacientemente sus restos de tostada. Pedro lee las noticias en voz alta; Lucía escucha mientras planifica mentalmente la semana que viene. Han visitado veintidós ciudades europeas, siempre con Snow como compañero de viaje en su fiel Seat León, que ya no protesta tanto en las cuestas. Cada lugar visitado tiene una historia, cada fotografía guarda un recuerdo. Sus estanterías están llenas de marcapáginas, postales y pequeños souvenirs que cuentan la historia de un amor que ha crecido a través de los kilómetros.

Lucía, sentada en un sillón, señala una mesa cubierta de marcapáginas ordenados en filas

Lucía sigue coleccionando marcapáginas; Pedro continúa escribiendo versos en servilletas de papel cuando se inspira. Ella ha aprendido a descifrar su letra imposible; él conoce el significado de cada una de sus sonrisas. Snow ha desarrollado la habilidad de predecir las peleas antes de que ocurran, colocándose estratégicamente entre los dos hasta que las risas sustituyen a los enfados.

Últimamente, Pedro se sorprende a sí mismo pensando en todo lo que han construido juntos. No solo en los viajes y las aventuras, sino en las pequeñas cosas que hacen que una casa se convierta en hogar. En cómo Lucía deja siempre la última galleta del paquete para él. En cómo él recuerda comprar flores cada viernes, no porque sea obligatorio, sino porque le gusta ver cómo se ilumina su rostro. En cómo Snow ha aprendido a esperarles en la puerta cuando alguno llega tarde del trabajo. En cómo sus familias se han fusionado naturalmente en celebraciones navideñas y cumpleaños compartidos.

Pero ahora debo confesarte algo, Lucía. Quizá esta historia que acabas de leer no ocurrió exactamente como te la he contado. Tal vez cambié algunos detalles. Sin embargo, hay algo en esta historia que es completamente cierto: todo lo que hemos vivido juntos ha sido más hermoso de lo que cualquier cuento podría narrar.

Y hay algo más que es absolutamente real: quiero seguir escribiendo nuestra historia contigo para siempre. Lucía, ¿quieres casarte conmigo?

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como se imprimen, con su dedicatoria y sus ilustraciones.

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; lo que os contéis después hace la otra mitad. Cinco preguntas para llevarlo a vuestra propia historia.

  1. ¿Cuál es la escena con la que empezaría vuestra historia si la contara alguien de fuera?
  2. Aquí hay marcapáginas, versos en servilletas y una galleta que siempre se deja. ¿Cuáles son vuestras manías compartidas?
  3. Pedro condujo cinco horas un viernes por la noche. ¿Cuál fue tu viaje absurdo por ella o por él?
  4. Snow llegó «solo hasta encontrarle una familia». ¿Qué llegó a vuestra vida para quedarse sin avisar?
  5. Si tuvieras que decir en una frase por qué quieres seguir escribiendo esta historia, ¿cuál sería?

Esta historia, con los vuestros de protagonistas

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Por qué funciona este cuento

Un cuento personalizado como cómplice de una pedida: la portada no destripaba el final y, en la última página, él se arrodilló.

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