Pongamos que hablo… de Madrid

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La víspera de San Isidro, unos amigos comunes presentan a José y a Ana junto a los puestos de barquillos. Lo que empieza como una ruta de bares acaba veinticuatro horas después, con un chocolate al amanecer en San Ginés.

De qué habla este cuento

De cómo unas fiestas de San Isidro acabaron siendo el primer día de una vida juntos

El cuento

Capítulo 1: El encuentro en las Vistillas

El jueves 14 de mayo, víspera de San Isidro. José camina por las calles del Madrid de los Austrias. Farolillos rojos y blancos ondean entre balcones adornados con mantones de Manila. Un organillo suena desde la plaza cercana. Las rosquillas listas perfuman el aire con su aroma dulce. José sonríe.

Un hombre camina por una calle empedrada junto a un organillo de madera, entre puestos de dulces y toldos de fiesta

Las callejuelas empedradas bullen de madrileños vestidos de chulapos. Desde las tabernas llega la música del chotis mezclada con risas y conversaciones. José esquiva a una familia entera ataviada con chalecas y pañuelos blancos. Un camarero sirve vermut de grifo mientras las chulapas bailan en la plaza de la Paja. Los abanicos se mueven al ritmo de la zarzuela que suena desde un bar antiguo. Madrid celebra con toda su alma castiza.

Sin saberlo, Ana se dirigía al mismo lugar. Era su primer San Isidro y había quedado con su compañera Lucía. Lucía había quedado con dos amigos para pasar esos días y se había ofrecido a enseñarle a Ana los mejores rincones para celebrar San Isidro. Ana estaba emocionada, y aún no sabía lo que le esperaba…

Entre la multitud, José distingue a Lucía y Miguel junto a los puestos de barquillos. Lucía lleva un vestido de lunares discretos y un mantón bordado sobre los hombros. Miguel viste chaleco oscuro y gorra parpusa gris. Pero junto a ellos hay alguien más. Una chica de pelo castaño, con un clavel rojo acomodado tras la oreja. Sus ojos brillan mientras observa las vistas de Madrid. José siente que algo especial está a punto de comenzar.

«José, ven aquí», grita Lucía agitando su abanico. José se acerca. «Te presento a Ana, mi compañera de trabajo», dice Lucía. Ana sonríe con naturalidad y le tiende la mano. Sus miradas se cruzan. «Encantada», dice con acento madrileño auténtico. José nota que su corazón late más rápido de lo normal mientras contemplan juntos el atardecer anaranjado sobre los tejados.

Los cuatro anduvieron por las calles de Madrid visitando distintos bares en lo que parecía ser una ruta gastronómica improvisada. La anécdota de la noche la aportó Miguel, sorprendiéndoles a todos con su destreza con el organillo antes de marcharse a casa. Todos coincidieron en descansar aquella noche para estar perfectos para el día siguiente, el auténtico día de San Isidro. Por entonces no podían ni imaginar lo que les depararía.

Capítulo 2: Recorriendo el corazón de Madrid

Llegó el 15 de mayo. Miguel, Lucía, Ana y José quedaron en la Puerta del Sol. Músicos callejeros tocan cerca del Oso y el Madroño. Turistas y madrileños se mezclan alrededor de la placa del Kilómetro Cero. Ana toca la placa con el pie. «Para que la suerte no se escape», bromea guiñando un ojo.

«Ahora a la Plaza Mayor», dice José con gran entusiasmo. Bajo los soportales históricos, las terrazas bullen de vida. Camareros corren entre las mesas llevando raciones humeantes. Miguel pide tortilla, croquetas y boquerones. Ana y José comparten miradas cuando sus manos se rozan al alcanzar el mismo plato. «Siguiente parada: la Pradera», indica Lucía, que se ha dado cuenta de que hay una magia especial entre sus amigos.

En la pradera de San Isidro, miles de personas extendían mantas sobre la hierba verde. Familias enteras compartían tortillas, empanadas y rosquillas caseras. Los abuelos contaban historias mientras los nietos correteaban entre las encinas centenarias. De pronto Lucía llegó con trajes de chulapos para todos. «¡A bailar se ha dicho!».

Una pareja vestida de chulapos baila el chotis en una plaza, ella con vestido de lunares y él con gorra parpusa

«Así no, José», ríe Ana corrigiendo sus pasos. «En el chotis manda la mujer, así». Sus manos se encuentran mientras ella le marca el compás. Un chulapo mayor se acerca y le presta su gorra parpusa a José. «Ahora sí pareces madrileño de verdad», dice Ana. Una chulapa le coloca un clavel rojo en el pelo. El momento se vuelve mágico en la verbena.

Lucía y Miguel desaparecen entre la multitud, pero José y Ana apenas lo notan. Están demasiado concentrados en no pisarse mientras intentan bailar. Sus risas se mezclan con la música del acordeón. «Creo que tengo dos pies izquierdos», confiesa José. «No importa, lo estás intentando», responde Ana con una sonrisa que le ilumina toda la cara.

Al terminar la verbena, José propuso tomar algo en una tasca típica. «Conozco un sitio estupendo cerca de aquí», anunció entusiasmado. Ana probó por primera vez el vermú con aceitunas gordales. Su expresión de sorpresa agradable hizo reír a José. «Madrid te está conquistando», le dijo con ternura. Después la que propuso fue Ana: «¿Te apetece que vayamos al Retiro?». José asintió, sintiendo que no quería que este día terminase nunca.

Capítulo 3: La magia del Retiro

El metro hacia el Retiro va repleto de chulapos y chulapas. En los vagones, la gente canta canciones populares madrileñas. José y Ana se apoyan contra las puertas, observando divertidos cómo todo Madrid celebra. Una abuela vestida de chulapa les guiña un ojo cómplice desde su asiento.

Una pareja camina de la mano por un paseo arbolado del Retiro con el monumento a Alfonso XII al fondo

El Retiro los recibe con sus grandes avenidas arboladas. Parejas pasean tranquilamente mientras músicos callejeros tocan en los rincones más románticos. José y Ana caminan sin prisa, disfrutando del contraste entre la tranquilidad del parque y la verbena que han dejado atrás en el centro. Sin embargo, José está nervioso: quiere acercarse a Ana y no sabe cómo. Como quien se tira a un acantilado, José se arma de valor y mueve su mano para acercarla a la de Ana.

Ana, que llevaba deseándolo desde hacía tiempo, le acaricia cariñosa y actúa como si hubieran caminado de la mano toda la vida. Como si lo raro fuera que cada uno anduviera por separado. José siente cómo se le hincha el pecho de alegría. No puede creerse haber conectado así con alguien. Ana quiere que ese paseo dure toda la vida.

Pasan las horas en el Retiro, y ellos no pueden dejar de hablar, de mirarse, de contarse mil historias. El sol comienza a ponerse y en ambos se impone el temor de que el día pueda estar llegando a su fin. Ana propone ir al Palacio de Cristal. «Por ahora es mi lugar favorito de Madrid», confiesa. «Me transmite una paz increíble. Voy ahí cuando necesito pensar».

Una pareja contempla de noche el Palacio de Cristal reflejado en el estanque bajo la luna llena

Cerca del Palacio de Cristal se detienen para contemplar su reflejo en el agua. «¿Cuál es tu lugar favorito?», pregunta Ana. «Creo que hasta hoy no tenía un lugar especial», dice José. «Pero este sitio, contigo, podría serlo». Ana sonríe y sus mejillas se sonrojan. «Si quieres te puedo llevar a un mirador, a ver si lo sumas a tu lista», propone José.

La noche madrileña se ve espectacular en el mirador. Las vistas lejanas de Madrid brillan como diamantes. Grupos de amigos brindan con vermut mientras los niños corren entre las mantas. José y Ana se sientan en la hierba, compartiendo un vaso de limonada. «Madrid es mágico en San Isidro», susurra Ana. José asiente, pensando que la magia no es solo de la ciudad.

Capítulo 4: Amanecer en San Ginés

El amanecer encontró a Ana y José absortos el uno en el otro. Habían pasado toda la noche hablando. Compartieron anécdotas graciosas y otras de lo más profundo y personal. La conexión era definitiva. En aquel mirador en el que ya salía el sol, Ana y José se dieron cuenta: la persona que tenían delante cambiaría el resto de sus vidas.

«Conozco un sitio especial para cerrar estos días tan madrileños», dijo José cuando el reloj marcaba las siete de la mañana. «La Chocolatería San Ginés. Siempre está abierta y es perfecta para terminar una noche como esta». Ana, que había oído hablar de San Ginés varias veces desde su llegada a Madrid, le siguió, intrigada y feliz. San Ginés los recibe con su ambiente de madrugada eterna.

Mesas de mármol blanco ocupadas por chulapos noctámbulos. El olor intenso a cacao se mezcla con el de churros recién hechos. Ana, que no había confesado que llevaba dos horas con un hambre atroz, disfrutó del chocolate caliente humeante ante la divertida y cariñosa mirada de José.

Una pareja se besa a la entrada de una boca de metro mientras la ciudad amanece a su alrededor

Al salir de la chocolatería, el sol iluminaba completamente las calles madrileñas. José acompañó a Ana hasta la estación de metro más cercana. «Ha sido la noche más bonita de mi vida», confesó ella. Él sintió que su corazón iba a estallar de felicidad. «Para mí también», murmuró acercándose lentamente. Sus labios se encontraron en un beso tierno y lleno de promesas futuras.

Aquel beso fue el comienzo de su historia. Ana y José iniciaron aquellos días de San Isidro la que se convertiría en una de las mayores aventuras de sus vidas. Un año después, coincidiendo con su segundo San Isidro juntos, celebraron la mudanza más especial. Escogieron el barrio de La Latina para su primer hogar compartido, y en él fueron inmensamente felices.

Años después, José y Ana recordarían aquellos días como unos de los más mágicos que vivieron jamás. Cada quince de mayo regresan a la pradera para celebrar su aniversario. Llevan a sus hijos a comer rosquillas y a escuchar música tradicional. Madrid había sido el escenario perfecto donde dos almas gemelas se encontraron para siempre. Su amor creció como las flores de los claveles, hermoso y duradero.

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como se imprimen, con su dedicatoria y sus ilustraciones.

Doble página de «Pongamos que hablo… de Madrid»Doble página de «Pongamos que hablo… de Madrid»

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; lo que os contéis después hace la otra mitad. Cinco preguntas para llevarlo a vuestra propia historia.

  1. A José y a Ana los presentó una amiga común sin proponérselo. ¿Quién os presentó a vosotros, y sabe la importancia que tuvo?
  2. Ana toca el Kilómetro Cero con el pie «para que la suerte no se escape». ¿Tenéis alguna manía o rito que hayáis heredado el uno del otro?
  3. José tarda todo un paseo por el Retiro en atreverse a coger la mano de Ana. ¿Cuál fue vuestro momento de «ahora o nunca»?
  4. Ella le enseña su sitio favorito de la ciudad y él le confiesa que hasta ese día no tenía ninguno. ¿Cuál es vuestro sitio?
  5. Cada quince de mayo vuelven a la pradera. ¿Qué fecha o qué lugar repetís vosotros cada año, y por qué ese y no otro?

Esta historia, con los vuestros de protagonistas

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Por qué funciona este cuento

De Santander a Chicago: una pareja condensa 18 años de relación en un cuento que celebra cada mudanza y cada hito superado.

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