El cuento
Capítulo 1: Una visita muy especial
Esa mañana, la maestra Lupita entró al salón con una sonrisa misteriosa. Los niños de 1.º A, el grupo de los Ajolotes, dejaron sus colores sobre las mesas. «¡Tenemos una visita muy especial!», anunció ella ajustándose los lentes. Ximena brincó en su silla. Emiliano abrió su cuaderno, listo para anotar.
La puerta se abrió despacio. Primero apareció una mano enorme y verde. Luego, una cabeza que casi tocaba el marco. «¡Buenos días!», rugió una voz que hizo temblar los lápices sobre las mesas. Era Yuko, un ogro de piel color musgo y ojos amables. Medía casi tres metros. Ximena soltó un grito de sorpresa. Emiliano se escondió detrás de su mochila azul, asomando apenas los ojos. «Yuko pasará el día con nosotros», explicó la maestra Lupita con calma.
Yuko se sentó en el rincón de lectura porque las sillas eran muy pequeñas para él. Los cojines desaparecieron bajo su cuerpo. «Perdón si hablo muy fuerte», dijo con voz de trueno. «Es que así hablamos los ogros». Varios niños se taparon los oídos. Ximena lo observaba con curiosidad. Emiliano seguía medio escondido.
La maestra Lupita caminó hasta el pizarrón verde y escribió con gis blanco: «Parecidos y diferencias». «¿Alguien sabe qué significa diversidad?», preguntó. Ximena levantó la mano rapidísimo. «¡Que todos somos distintos!», gritó sin esperar turno. «Exacto. Y hoy vamos a descubrir algo importante», dijo la maestra. Yuko sonrió mostrando sus dientes grandes. Emiliano apretó su lápiz, dibujando en secreto la cabeza verde del ogro en su cuaderno.
«Vamos a trabajar en parejas», continuó la maestra Lupita. «Busquen tres cosas en que se parecen y tres en que son diferentes». Los niños empezaron a moverse. Ximena corrió hacia su mejor amiga Sofía. Otros formaron sus equipos rápidamente. La maestra señaló a Emiliano. «Tú trabajarás con Yuko». Emiliano tragó saliva. Su corazón latía muy rápido.
Yuko se acercó gateando para no golpearse con el techo. Se sentó frente a Emiliano, que parecía un ratoncito junto a un elefante. «Hola», susurró el niño, casi sin voz. «Hola, Emiliano», respondió Yuko intentando hablar bajito, aunque su voz seguía retumbando. El ogro notó el cuaderno lleno de dibujos. «Oye, ¿tú hiciste esos dibujos? ¡Están padres!». Emiliano asintió tímidamente. Por primera vez, dejó la mochila a un lado.
Capítulo 2: Encontrando parecidos
Emiliano observó a Yuko con atención. El ogro sacó de su morral enorme un cuaderno con tapas verdes. «A mí también me gusta dibujar», dijo mostrándole sus ilustraciones. Emiliano abrió grande los ojos. Yuko había dibujado montañas, nubes y pájaros con muchos detalles. «¡Dibujas muy bonito!», exclamó sorprendido.
«Ya encontramos algo en que nos parecemos», dijo Emiliano escribiendo en su hoja: «Los dos dibujamos». Yuko sonrió feliz. La maestra Lupita pasaba entre las mesas preguntando: «¿Y cómo lo sabemos?». Ximena y Sofía comparaban sus manos. Otros niños medían su estatura. Emiliano miró a Yuko pensativo. «¿Qué más te gusta hacer?», preguntó con un poquito más de confianza. «Me gustan los tacos de frijoles», confesó el ogro. Emiliano rio. «¡A mí también!».

Continuaron conversando como si fueran viejos amigos. Yuko le contó que le daba miedo la oscuridad. «Siempre duermo con una velita encendida», admitió bajando la mirada. Emiliano no podía creerlo. «¡Yo también! Mi papá me deja una lamparita prendida toda la noche». Escribió rápido: «Los dos le tenemos miedo a la oscuridad».

«Ahora las diferencias», indicó la maestra Lupita tocando una campanita. Eso era fácil. Emiliano midió un metro con diez centímetros. Yuko medía casi tres metros. Emiliano tenía piel morena. Yuko era completamente verde. «Mi voz es suave», dijo Emiliano. «La mía hace vibrar las ventanas», rio Yuko, y efectivamente los vidrios temblaron un poco. Todos en el salón voltearon. Emiliano ya no sentía miedo, solo curiosidad.
Terminaron su lista y la maestra pidió que cada pareja compartiera. Ximena y Sofía encontraron que ambas amaban el futbol, pero una prefería el azul y otra el morado. Otros descubrieron parecidos sorprendentes. Cuando llegó el turno de Emiliano, respiró hondo. Yuko le dio un empujoncito suave de ánimo. «Adelante», le susurró con su voz de trueno.
Emiliano se paró frente al grupo. Su voz temblaba, pero habló claro. «Yuko y yo nos parecemos en tres cosas: dibujamos, nos gustan los tacos de frijoles y le tenemos miedo a la oscuridad». Algunos niños murmuraron sorprendidos. «¿Un ogro con miedo?», preguntó alguien. «Claro», respondió Yuko. «Todos sentimos miedo a veces». La maestra Lupita aplaudió. «Excelente trabajo. ¿Ven cómo encontramos parecidos aunque parezcamos muy diferentes?». Emiliano sonrió orgulloso.
Capítulo 3: El partido en el recreo
Sonó la campana del recreo. Los niños corrieron al patio de cemento con sus refrigerios. Ximena sacó su balón de futbol favorito. «¡Vamos a jugar!», gritó emocionada. Emiliano y Yuko caminaban juntos. El ogro miraba curioso las canchas pintadas en el suelo y el árbol grande del centro.
Ximena organizó los equipos rápidamente. Era buenísima para armar partidos justos. «Sofía, tú con Diego. Emiliano, de este lado». Yuko se acercó con una sonrisa enorme. «Yo también quiero jugar», dijo con su voz retumbante. Ximena lo miró de arriba abajo. Frunció el ceño. «No puedes», respondió sin pensarlo mucho. «Eres muy diferente. Tan grande que no sería justo». Yuko dejó de sonreír. Su mirada se puso triste.

El ogro caminó despacio hasta la banca que rodeaba el árbol grande. Se sentó solo, viendo cómo los demás corrían y gritaban. Emiliano pateó el balón sin ganas. Algo no se sentía bien en su pecho. Recordó la mañana en el salón: los dibujos, los tacos de frijoles, el miedo compartido. Yuko era su amigo.
Emiliano dejó el juego y corrió al salón. En la pared, junto al tendedero de dibujos, colgaba un cartel grande con ilustraciones. Lo había visto mil veces, pero ahora lo leyó con atención: «Derechos de las niñas y los niños». Había dibujos de un libro, una casa, una pelota. «Derecho a jugar», leyó en voz alta. Pensó en Yuko sentado solito en la banca. Tomó aire y regresó corriendo al patio.
«Ximena, espera», llamó Emiliano. Ella detuvo el balón con el pie. «En el salón hay un cartel», explicó su mejor amigo. «Dice que todos tenemos derecho a jugar. Todos». Ximena parpadeó. Miró hacia la banca donde Yuko esperaba con los hombros caídos. Se mordió el labio. De pronto entendió. Había cometido un error sin darse cuenta.

Ximena caminó hasta el árbol con el balón bajo el brazo. «Yuko, perdón», dijo mirándolo a los ojos. «Me equivoqué. Ser diferente no significa que no puedas jugar. ¿Quieres ser portero?». El ogro levantó la cabeza. Su sonrisa regresó como el sol después de la lluvia. «¡Sí!». Resultó ser un portero buenísimo. Sus manos enormes atajaban todos los tiros. Los equipos quedaron parejos y jugaron el mejor partido del año.
Capítulo 4: El mural de las manos
Al final del día, la maestra Lupita preparó una sorpresa. Extendió un papel gigante en el piso del salón. Trajo frascos con pintura de muchos colores: café, rosa, beige, morado y hasta verde. «¡Vamos a hacer un mural con nuestras manos!», anunció emocionada. Todos aplaudieron con alegría.
Cada niño eligió su color y hundió la mano en la pintura espesa. Luego la estampaban en el papel creando un arcoíris de huellas. Manos grandes, manos chiquitas, manos regordetas, manos delgadas. Ximena puso su mano en azul brillante. Emiliano eligió el naranja. Cuando llegó el turno de Yuko, su mano verde no cabía completa en el frasco. La maestra le dio un plato hondo lleno de pintura verde musgo. Su huella era enorme.

Alrededor de la mano gigante de Yuko, todos pusieron más huellas pequeñas. Parecían flores de colores rodeando un árbol. El mural quedó precioso. La maestra lo colgó en la pared principal, junto al cartel de los derechos. «Esto nos recuerda algo importante», dijo señalando las manos diversas que brillaban bajo la luz.
Ximena y Emiliano se sentaron juntos frente al mural. Yuko se acomodó en el rincón de lectura, donde ya se sentía como en casa. «Aprendimos mucho hoy», comenzó Ximena pensativa. Emiliano asintió abriendo su cuaderno donde había dibujado todo el día. «Todas las personas somos distintas», dijo en voz alta, mirando las manos del mural. «Distintas en tamaño, color, voz, gustos». Yuko levantó su mano verde. «Y eso es valioso», agregó.
«Pero aunque seamos diferentes, tenemos los mismos derechos», continuó Ximena recordando el cartel. «Derecho a tener un nombre, a ir a la escuela, a que nos traten con respeto». «Y derecho a jugar», añadió Emiliano mirando a Yuko con una sonrisa. El ogro sonrió también. La maestra Lupita escuchaba orgullosa desde su escritorio. Sus estudiantes habían comprendido algo fundamental.
Yuko se despidió con un abrazo suave para cada uno. Prometió visitarlos pronto. Cuando salió por la puerta agachándose, el salón pareció más vacío. Ximena y Emiliano miraron hacia ti, el niño o niña que lee esta historia. «Ahora te toca a ti pensar», dijeron juntos. «Piensa en alguien muy distinto a ti. ¿En qué se parecen? ¿Qué derecho tienen los dos?». El mural de las manos de colores brillaba en la pared, esperando tu respuesta.





