Cada Uno Lleva su Mochila

  • Cuento gratis
  • 6 a 8 años
  • Valores
  • 6 min de lectura

Tom estrena en el colegio el aparato que le mide el azúcar y va nervioso. Al mirar alrededor descubre que la mochila de cada compañero guarda algo distinto: gafas, un inhalador, audífonos, comida especial o unas plantillas.

Qué aprende con este cuento

Que todos llevamos algo en la mochila, y que preguntar es mejor que apartarse

El cuento

Capítulo 1: El primer día diferente

Tom caminaba hacia el colegio con su papá. Su mochila parecía más pesada hoy. Dentro llevaba algo nuevo: un pequeño aparato para medir el azúcar. Tom se sentía nervioso pero valiente.

Un padre abraza a su hijo delante de la puerta del colegio mientras otros niños entran con sus mochilas

«Recuerda lo que hemos practicado», le decía su papá con cariño. «Antes de comer, mides tu glucosa. Es como ser un detective de tu propio cuerpo». Tom asintió. Había aprendido que tener diabetes significaba cuidarse más, pero podía hacer todo igual que sus amigos. Su papá le dio un abrazo de ánimo.

Al llegar al patio, Tom vio a Juan buscando algo en el suelo. Su amigo se había quitado las gafas para limpiarlas. «No veo nada sin ellas», murmuró Juan mientras tanteaba. Tom le ayudó a encontrarlas rápidamente.

Un niño rubio busca a tientas por el suelo sus gafas, agachado sobre las baldosas del patio

«Gracias, Tom», sonrió Juan colocándose las gafas. «Sin estas no podría ver la pizarra, ni jugar al fútbol, ni reconocer a mis amigos de lejos». Tom pensó que cada uno tenía sus propias necesidades especiales. Juan necesitaba sus gafas como él necesitaba controlar su azúcar.

Carol se acercó corriendo pero se detuvo jadeando. Sacó de su mochila un pequeño inhalador azul. «Perdón», susurró mientras lo usaba. «Mi asma me hace respirar mal cuando corro mucho». Tom la observó con curiosidad y comprensión.

«Mi mochila también tiene cosas especiales», les contó Tom mostrando su medidor. «Tengo diabetes y debo controlar mi azúcar». Juan y Carol sonrieron. «Todos llevamos algo diferente», dijo Carol. «Pero seguimos siendo los mismos amigos de siempre». Los tres entraron juntos al colegio, sintiéndose acompañados.

Capítulo 2: Descubriendo a los demás

En clase, la señorita presentó a nuevos compañeros. Alex se sentó cerca pero no respondía cuando le hablaban bajito. Tom notó que llevaba unos aparatos pequeños en las orejas.

Dos niños charlan de frente en el patio del recreo, junto al tobogán y los columpios

Durante el recreo, Tom se acercó a Alex y le habló de frente, gesticulando claramente. «Hola, soy Tom». Alex sonrió ampliamente. «Tengo problemas de audición», explicó Alex señalando sus audífonos. «Necesito verte la cara cuando hablas para entenderte mejor. Estos aparatos me ayudan muchísimo».

Ana se sentó sola durante el almuerzo. Miraba con tristeza la comida del comedor. Tom, Juan y Carol se acercaron a preguntarle qué pasaba. Ana les explicó su situación con timidez.

«Soy alérgica al gluten y no puedo tomar leche», suspiró Ana. «Mi mochila tiene comida especial que puedo comer sin ponerme mala». Tom asintió comprensivo. «Mi mochila tiene mi medidor de azúcar. Todos tenemos nuestras cosas especiales para cuidarnos».

Una niña con gorra azul camina despacio por el parque y se sienta en un banco de madera

Lola llegó tarde a educación física. Caminaba despacio y se sentó en un banco. «Uso plantillas especiales en mis zapatos», explicó cuando Tom le preguntó si estaba bien. «Sin ellas me duele mucho la espalda».

Tom miró a todos sus compañeros nuevos. Alex con sus audífonos, Ana con su comida especial, Lola con sus plantillas. Juan con sus gafas, Carol con su inhalador. Cada uno cargaba algo diferente en su mochila de la vida, pero todos querían jugar y aprender juntos.

Capítulo 3: Aprendiendo juntos

Al día siguiente, Tom decidió hablar con todos durante el recreo. Quería conocer mejor cómo se sentían sus compañeros. Binx, el gato de la escuela, se acercó ronroneando.

«A veces me da miedo que se rompan mis gafas», confesó Juan acariciando a Binx. «Sin ellas el mundo se vuelve borroso y me siento perdido». Tom entendió perfectamente ese miedo. Él también temía que su medidor se estropeara en momentos importantes.

Carol compartió que antes de tener su inhalador, se asustaba mucho cuando no podía respirar bien. «Ahora me siento más segura», dijo sonriendo. «Sé que puedo controlarlo cuando necesito».

Alex les contó que al principio se sentía solo porque la gente no sabía cómo comunicarse con él. «Pero cuando me conocen mejor, descubren que soy muy divertido», rio Alex. «Solo necesitan hablarme de frente y con paciencia. Es fácil cuando se acostumbran».

Ana admitió que a veces se sentía triste cuando no podía comer lo mismo que los demás. «Pero mi mamá me prepara cosas deliciosas que puedo disfrutar sin problemas», sonrió. «Y mis amigos siempre me acompañan».

Lola explicó que caminar le costaba más esfuerzo que a otros niños. «Pero mis plantillas me ayudan mucho», dijo contenta. «Y he aprendido a tomarme mi tiempo. No siempre hay que correr para llegar». Tom asintió pensativo. Cada historia le enseñaba algo nuevo sobre la amistad.

Capítulo 4: La mochila de la amistad

La semana siguiente, Tom se despertó emocionado. Había aprendido tanto sobre sus amigos que tenía una idea genial. Corrió a contársela a su papá durante el desayuno.

«Papá, he pensado algo importante», dijo Tom mientras medía su glucosa antes de comer. «Todos en mi clase llevamos mochilas diferentes, pero lo más bonito es que nos ayudamos unos a otros». Su papá sonrió orgulloso. «Eso se llama empatía, hijo. Es muy valioso».

Un niño levanta los brazos delante de sus compañeros, que escuchan sentados alrededor de un libro abierto

En el colegio, Tom propuso a sus amigos hacer algo especial. «Podríamos enseñar a toda la clase cómo son nuestras mochilas», sugirió. Todos estuvieron de acuerdo inmediatamente.

Durante la presentación, cada niño mostró sus herramientas especiales. Juan explicó cómo funcionaban sus gafas. Carol demostró cómo usar su inhalador. Alex enseñó sus audífonos. Ana compartió su comida especial. Lola mostró sus plantillas. Tom explicó su medidor de azúcar.

Los demás compañeros hicieron preguntas con curiosidad y respeto. Nadie se burló ni se asustó. Al contrario, muchos ofrecieron su ayuda. «Si necesitáis algo, avisadnos», dijeron varios niños. El aula se llenó de sonrisas.

Esa tarde, Tom regresó a casa muy feliz. Le contó a su papá todo lo sucedido. «He descubierto que todos llevamos una mochila diferente», reflexionó Tom. «Algunos llevan gafas, otros inhaladores, otros plantillas. Lo importante es ayudarnos y aceptarnos como somos. Eso hace que seamos más fuertes juntos».

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como quedan maquetadas, con sus ilustraciones.

Doble página de «Cada Uno Lleva su Mochila»Doble página de «Cada Uno Lleva su Mochila»

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; la conversación de después hace la otra mitad. Cinco preguntas para leer juntos al terminar.

  1. Tom iba nervioso el primer día. ¿Qué llevas tú en la mochila que nadie más lleva?
  2. Juan dice que sin sus gafas el mundo se vuelve borroso. ¿Qué cosa te ayuda a ti a hacer algo que sin ella te costaría?
  3. Alex necesita que le hablen de frente para entender. ¿Qué podrías cambiar tú para que un compañero lo tenga más fácil?
  4. Nadie se rio durante la presentación. ¿Por qué crees que reaccionaron así?
  5. El papá de Tom llama empatía a lo que hizo su hijo. ¿Cómo se lo explicarías tú a alguien más pequeño?

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