El cuento
Capítulo 1: Un lunes sin energía
Gael entró en la clase de 1.º A bostezando tan fuerte que Nerea lo oyó desde su mesa. Tenía el pelo más revuelto que de costumbre y los párpados le pesaban como si fueran de plomo. El maestro Andrés pasó lista y él apenas levantó la mano. Aquel lunes empezaba fatal.

En el recreo, Nerea sacó su libreta de la mochila y se acercó corriendo. «Gael, ¿qué te pasa? Siempre juegas al pilla-pilla», preguntó observándole con curiosidad. Él se encogió de hombros. «No lo sé. Me siento raro, sin fuerzas». Se quedaron sentados en el banco del patio mientras los demás corrían alrededor. El sol brillaba entre los árboles, pero Gael ni siquiera levantó la vista. Nerea apuntó algo en su libreta con cara de preocupación.
Esa tarde, en casa, Gael abrió la caja de galletas que descansaba sobre la mesa de la cocina. De repente, una galleta redonda con chips de chocolate saltó fuera. «¡Hola! Soy Chop», exclamó con una sonrisa enorme. Gael dio un respingo. Loski, su perro, olfateó la galleta parlante con interés.
«Pareces cansado, amigo», observó Chop inclinándose sobre el borde de la mesa. «Deberías comer galletas a todas horas, ¡así tendrás energía para jugar!». Gael frunció el ceño, confundido. Rubén, su papá, acababa de entrar con su delantal de cocinero. «Chop, eso no es del todo cierto», dijo con voz tranquila. Sacó un cuaderno y un lápiz. «Tengo una idea mejor: apuntemos toda la semana lo que comes, cómo te lavas y cuánto duermes».

Gael trazó columnas en el cuaderno con letras torcidas: lunes, martes, miércoles... Rubén le ayudó a escribir «comida», «higiene» y «descanso» en las filas. «Añade una columna para Loski», sugirió señalando al perro. «Él siempre come, pasea y duerme a la misma hora. Podemos comparar». Chop observaba desde la caja, bastante intrigado.
«Veremos qué pasa si cuidas esos tres hábitos», explicó Rubén acariciando el pelo alborotado de Gael. «La comida te da los materiales que tu cuerpo necesita, lavarte elimina lo que no te conviene y dormir te repara como si fueras una construcción». Gael apuntó que aquel lunes había cenado solo pan con jamón. Chop suspiró. «Bueno, si al final me toca algún día de la semana, vale». Todos rieron. La tabla de Gael acababa de empezar.
Capítulo 2: Días de platos variados
El martes por la tarde, Rubén llegó del restaurante con una bolsa llena de verduras frescas. «Hoy cocinamos juntos», anunció extendiendo tomates, zanahorias, calabacín y pimientos sobre la encimera. Gael se subió a un taburete. Loski movió el rabo esperando algún bocado que cayera al suelo.

«Mira esto», dijo Rubén señalando un plato vacío. «Imagina que lo dividimos en mitades». Colocó verduras cocidas en una mitad. «Aquí, color y vitaminas». Luego puso arroz y un poco de pescado en la otra. «Aquí, energía y proteínas para tus músculos». Gael observó fascinado cómo su papá distribuía cada alimento. «El pan también entra aquí, y las legumbres pueden ir con las verduras», añadió Rubén. Chop asomó desde la estantería de juegos. «¿Y yo?».
El miércoles, Gael preparó su almuerzo para el cole. Cortó una manzana y llenó una botella de zumo. «El zumo cuenta como beber agua, ¿no?», preguntó orgulloso. Rubén negó con la cabeza suavemente. «Para beber, lo mejor es agua. La fruta mejor entera, con su piel y fibra». Gael cambió el zumo.
Aquella tarde, Nerea vino a merendar. Rubén sacó plátanos, nueces y pan con queso. También puso tres galletas en un plato especial. Chop protestó desde la caja. «¡Solo tres! ¡Yo quiero ser protagonista siempre!». Gael y Nerea se miraron. «Las galletas no son malas», explicó Rubén con paciencia. «Simplemente son de vez en cuando, no cada día. Como en una merienda especial con tu mejor amiga». Nerea apuntó en su libreta: «Cada día y de vez en cuando».
Chop se cruzó de brazos, pensativo. «Entonces... ¿puedo ser la galleta del domingo?». Gael asintió sonriendo. «Claro, así eres especial». El pequeño protagonista anotó en su tabla lo que había comido: verduras, pescado, arroz, fruta y agua. También apuntó «tres galletas el miércoles». Loski masticaba su pienso en su cuenco, siempre a la misma hora.
«Mira, Loski nunca cambia su horario», observó Nerea acariciando al perro detrás de las orejas. «Come tres veces, pasea y duerme cuando toca». Gael comparó ambas columnas de su tabla. La de Loski era como un dibujo ordenado; la suya parecía un garabato. «Voy a intentar comer como dice papá», decidió cerrando el cuaderno. Rubén le revolvió el pelo. «Ya verás cómo notas la diferencia». Chop bostezó desde su caja, aceptando su turno especial.
Capítulo 3: Manos limpias y noches largas
El jueves, Gael llegó del cole y tiró la mochila junto a la cama de Loski. El perro saltó encantado y le lamió las manos. Jugaron a tirar una pelota por el salón hasta que Rubén llamó: «¡Merienda!». Gael corrió directo hacia la cocina sin pasar por el baño.
Rubén levantó una ceja al ver las manos de su hijo. «Espera, campeón. Has jugado con Loski y la pelota del patio. ¿Te has lavado?». Gael asintió deprisa. «Sí, con agua». Fue al baño, abrió el grifo dos segundos, mojó las palmas y volvió corriendo. Rubén suspiró. «Eso no cuenta como lavarse de verdad». Justo entonces sonó el videoteléfono. Era Nerea, que llamaba para contarle el truco que habían aprendido en clase aquella mañana.
Nerea apareció en la pantalla con su libreta abierta. «Gael, hoy el maestro nos enseñó algo genial. ¿Tienes harina?». Rubén sacó un paquete. Gael se echó harina en las manos como si fueran microbios invisibles. Se las lavó solo con agua. La harina seguía pegada entre los dedos. «¿Ves?», rio Nerea.
«Ahora echa jabón y frota bien: palmas, dorso, entre los dedos, las uñas», explicó Nerea contando con los dedos. Gael siguió las instrucciones y la harina desapareció por completo. «Así se van los microbios de verdad», añadió su amiga. «Y después de comer, cepíllate los dientes durante dos minutos». Rubén puso el temporizador de la cocina. Gael cepilló arriba, abajo y las muelas. Chop aplaudió desde la estantería. «Eres un experto en higiene ya».

Aquella noche, Rubén preparó la ducha. «Jabón por todo el cuerpo, sobre todo pies y axilas», indicó mientras Gael se enjabonaba. El agua caliente le relajó los músculos cansados. Se puso el pijama y apuntó en su tabla: «Jueves: manos con jabón, dientes cepillados, ducha completa». Loski ya dormitaba en su cama, limpio tras su paseo nocturno.
El viernes llegó el turno del descanso. «Nada de pantallas antes de dormir», recordó Rubén guardando el móvil en un cajón. Leyeron un cuento juntos sobre animales de la sabana. Gael bostezó a las nueve. Se metió en la cama y Rubén apagó la luz. «Necesitas dormir al menos diez horas», susurró su papá. Gael cerró los ojos. Por la ventana entraba una brisa suave. En su mesilla, la tabla esperaba el último registro de aquella semana tan especial.

Capítulo 4: El lunes lleno de energía
El lunes siguiente, Gael entró en la clase de 1.º A silbando una canción. Nerea levantó la vista de su libreta, sorprendida. «Vienes despierto de verdad», exclamó. Gael sonrió de oreja a oreja. En el recreo corrió más rápido que nunca en el pilla-pilla. Tenía energía para jugar.
Después del recreo, Gael sacó su tabla de la semana y la extendió sobre la mesa junto a Nerea. Compararon los días. El lunes anterior estaba casi vacío: poca comida variada, lavado rápido, pocas horas de sueño. Del martes al viernes, las casillas se llenaban de colores: verduras, frutas, legumbres, agua, jabón, cepillo, diez horas durmiendo. «Es como un arcoíris de hábitos», observó Nerea pasando el dedo por las filas. Gael asintió, comprendiendo la relación.
«Cuando comí variado, me lavé bien y dormí las horas necesarias, me sentí fuerte», dijo Gael en voz alta. Nerea apuntó en su libreta: «Tres hábitos para sentirse bien». El maestro Andrés pasó junto a su mesa y les dedicó una sonrisa cómplice. Loski esperaba en casa, seguramente echado en su cama.
Esa tarde, Chop saltó de la caja de galletas con una cinta roja atada como si fuera un regalo. «Acepto ser la galleta del domingo», anunció haciendo una reverencia exagerada. «Así soy especial, no de todos los días». Gael y Rubén aplaudieron. «Eres el rey de las meriendas de vez en cuando», bromeó Gael. Chop hinchó el pecho, encantado con su papel. Loski movió el rabo, ajeno al drama de la galleta parlante, esperando su paseo puntual.
Rubén se sentó con Gael en el sofá del salón. «Repasemos lo que has aprendido esta semana», propuso. Gael contó con los dedos. «Uno: comer cada día verduras, frutas, legumbres, pan, pescado o huevos, y beber agua. Dulces solo de vez en cuando». «Dos: lavarse las manos con jabón, ducharse y cepillarse los dientes», continuó orgulloso.
«Y tres: dormir entre nueve y doce horas cada noche», terminó Gael cerrando el puño con el tercer dedo. Chop asomó desde la estantería de juegos de construcción. «Ahora preguntémosle a quien nos lee», sugirió guiñando un ojo de chocolate. Gael miró hacia delante, como si viera al lector. «¿Qué has comido hoy de fruta y verdura? ¿Cuántas horas duermes? ¿Cómo te lavas las manos?». Nerea añadió desde la ventana: «Apúntalo en tu propia tabla. ¡Verás qué bien te sientes!».





