El diente flojo de Paola

  • Cuento gratis
  • 6 a 8 años
  • Aprendizaje
  • 7 min de lectura

Paola nota que un diente de abajo se le mueve y su amigo Rodrigo le pregunta si se va a quedar con un hueco para siempre, como los piratas. Su papá Hugo saca el álbum de fotos de cuando era bebé y, entre los tenis que ya no le quedan y el pelo que no para de crecer, Paola apunta en una lista todo lo que ha cambiado.

Qué aprende con este cuento

Que el cuerpo cambia al crecer: los dientes de leche se caen para dejar sitio a los permanentes, que hay que cuidar toda la vida

El cuento

Capítulo 1: El diente que baila

Paola apoyó la lengua contra el diente de abajo y sintió cómo se movía hacia adelante y hacia atrás. Era extraño, emocionante y un poquito inquietante. Rodrigo armaba una torre de bloques sobre la alfombra cuando ella le mostró su descubrimiento.

«Mira, Rodrigo. Se mueve», dijo Paola, empujando el diente con el dedo índice. Rodrigo dejó caer dos cubos rojos y se acercó corriendo. «¿Te duele?» «No, solo se siente raro.» Rodrigo abrió mucho los ojos. «¿Se te va a quedar un hueco para siempre? ¡Como a los piratas!» Paola frunció el ceño, preocupada. Desde el sillón, Pelusa levantó las orejas negras y observó a los niños con curiosidad felina.

«No sé qué va a pasar», murmuró Paola, tocándose otra vez el diente. Pelusa saltó al suelo y se frotó contra sus piernas. Rodrigo se mordió el labio. «Deberías preguntarle a tu papá.» Paola asintió despacio. El diente seguía moviéndose bajo su lengua, como si quisiera escapar de su boca.

Paola, pensativa en la sala, con Pelusa, su gata negra, frotándose contra sus piernas

Hugo apareció en la puerta de la sala, limpiándose las manos con un trapo de cocina que olía a canela y azúcar. Paola corrió hacia él. «Papá, tengo un diente flojo.» Hugo sonrió y se agachó para quedar a su altura. «Déjame ver, mi cielo.» Paola abrió la boca y señaló. Hugo asintió con calma. «Ah, sí. Ya empezó el cambio.»

«¿Qué cambio?», preguntaron Paola y Rodrigo al mismo tiempo. Hugo se sentó en el sillón y Pelusa se acomodó en su regazo, ronroneando. «Tu cuerpo está creciendo, Paola. Y cuando creces, muchas cosas cambian. Mañana te muestro algo que te va a sorprender.» Los niños intercambiaron miradas llenas de curiosidad.

Esa tarde, mientras Paola intentaba concentrarse en su nuevo rompecabezas de cien piezas, no podía dejar de mover el diente con la lengua. Rodrigo inventó una cancioncilla tonta sobre dientes que bailan y Pelusa persiguió una mosca por todo el departamento. Desde el balcón entraba la luz dorada de la tarde, iluminando las macetas de albahaca. El misterio del diente flotaba en el aire.

Capítulo 2: La lista de antes y ahora

Al día siguiente, Hugo sacó una caja de cartón del armario alto. Paola reconoció sus letras decoradas: «Recuerdos de Paola». Rodrigo se sentó junto a ella en la alfombra, expectante. Hugo extrajo un álbum forrado de tela azul y lo abrió con cuidado.

«Mira, aquí tienes cuatro meses.» En la foto, una bebé sin un solo diente sonreía con las encías rosadas. Paola se inclinó para ver mejor. «¿Esa soy yo?» «Sí, mi amor. Todos nacemos sin dientes.» Rodrigo señaló otra imagen. «Y aquí ya tienes uno.» Era cierto: en esa fotografía, Paola mostraba un dientecito blanco, pequeño como un grano de arroz.

Paola y su papá Hugo miran un álbum de fotos abierto sobre la mesa de la sala

«Esos son los dientes de leche», explicó Hugo. «Te salieron cuando eras bebé. Y ahora que estás creciendo, se empiezan a caer.» Paola tocó su diente flojo, pensativa. Rodrigo preguntó: «Entonces, ¿a mí también se me van a caer?» «Por supuesto. A todos los niños les pasa.»

Hugo dejó el álbum y miró a Paola de pies a cabeza. «Tu cuerpo ha cambiado en muchas cosas. Busca tus zapatos del año pasado.» Paola corrió a su cuarto y regresó con unos tenis rojos. Se los puso, o lo intentó. Los dedos chocaban contra la punta. «Ya no me quedan.» «Porque tus pies crecieron», dijo Hugo sonriendo.

Rodrigo señaló el pelo de Paola, recogido en un chongo alto. «Tu papá te cortó el pelo en julio, ¿verdad? Y ya te llega otra vez a los hombros.» Hugo asintió. «El cabello crece sin parar. Y las uñas también: por eso te las corto cada semana.» Paola abrió mucho los ojos.

Corrió por su cuaderno cuadriculado y un lápiz. En la primera hoja escribió dos columnas: «Antes» y «Ahora». Bajo «Antes» anotó: sin dientes, zapatos chicos, pelo corto, uñas largas sin cortar. Bajo «Ahora»: dientes de leche, zapatos más grandes, pelo hasta los hombros, uñas recortadas cada semana. Rodrigo observó fascinado. Pelusa brincó sobre el cuaderno, dejando una huella de patita junto a la lista.

Capítulo 3: El diente nuevo asoma

Rodrigo miró la lista de Paola y frunció el ceño. «Entonces, cuando se caiga tu diente, ¿te va a salir otro de leche igual de chiquito?» Paola se encogió de hombros, insegura. Hugo negó con la cabeza y fue por un espejo de mano.

«Ven, Paola. Abre la boca y mira bien.» Hugo acercó el espejo y apuntó con el dedo hacia la encía, justo detrás del diente flojo. Paola entrecerró los ojos. Allí, asomando apenas como una montañita blanca, estaba algo nuevo. «¡Hay otro diente!» «Es tu diente permanente», explicó Hugo. «Ese te va a durar toda la vida, si lo cuidas bien.»

Hugo sostiene un espejo de mano y le señala a Paola, sorprendida, el diente nuevo

Rodrigo pidió el espejo y examinó su propia boca. «Yo no tengo ninguno flojo todavía.» «Te va a pasar pronto», le aseguró Hugo. «Los dientes de leche se caen para dejarle espacio a los permanentes, que son más grandes y fuertes.» Paola tocó con cuidado el diente nuevo con la lengua.

«Entonces, ¿por eso hay que cepillárselos bien?», preguntó Paola, conectando las piezas como si armara uno de sus rompecabezas favoritos. «Exacto. Los dientes permanentes deben durarte muchos, muchos años. Si los cuidas, te ayudan a comer, masticar y sonreír toda la vida.» Hugo le revolvió el pelo con cariño. El concepto empezaba a tener sentido en la mente ordenada de Paola.

Esa noche, durante la cena de quesadillas con frijoles, Paola mordió un pedazo de jitomate y sintió que algo se desprendía. El diente flojo cayó en su mano, pequeño y blanco como una perla. «¡Se cayó!» Pelusa saltó sobre la mesa, curiosa, y olfateó el diente con sus bigotes negros.

Paola, en la mesa de la cena, mira asombrada el diente que se le acaba de caer en la mano

«Pelusa, no», rio Paola, alejando el diente justo a tiempo. La gata maullaba, intentando atraparlo con la pata como si fuera un juguete. Rodrigo rescató el diente y se lo devolvió a Paola. «Guárdalo en un lugar seguro.» Paola lo envolvió en una servilleta y lo colocó junto a su lista de «Antes y Ahora». Desde su encía, el huequito se sentía extraño pero emocionante.

Capítulo 4: Cuidar lo que crece

Después de cenar, Paola y Rodrigo fueron juntos al baño. Hugo les había dado cepillos nuevos: uno morado para Paola, uno verde para Rodrigo. Pelusa los observaba desde la puerta, sentada con la cola enrollada como un signo de interrogación peludo y elegante.

«Vamos a cepillarnos todos los dientes», propuso Paola. Rodrigo apretó la pasta sobre su cepillo. «Hasta el hueco donde se cayó el tuyo.» Comenzaron a cepillar, contando en voz alta: «Uno, dos, tres, cuatro...» Hugo asomó la cabeza. «Cuenten hasta treinta en cada zona: arriba, abajo, adelante, atrás.» Los niños obedecieron, moviendo los cepillos en círculos como les había enseñado la maestra.

Paola sintió el cepillo pasar sobre el lugar vacío y sobre el diente nuevo que apenas asomaba. «Tengo que cuidar este diente para siempre», murmuró entre la espuma. Rodrigo asintió con energía, salpicando un poco de pasta en el espejo. Pelusa ronroneó desde su rincón de observación.

Cuando terminaron, se enjuagaron y se miraron en el espejo, sonriendo con las bocas limpias y frescas. Paola repasó en voz alta: «Mi cuerpo cambia cuando crezco. Los dientes de leche se caen y salen los permanentes, que son más grandes.» Rodrigo continuó: «Y tenemos que cepillarlos bien para que se mantengan sanos toda la vida.» Hugo aplaudió desde el pasillo, orgulloso.

Paola y Rodrigo sonríen frente al espejo del baño, con los cepillos en un vaso

De regreso en la sala, Paola añadió una línea más a su lista: «Diente permanente asomando». Rodrigo tomó el lápiz y dibujó una carita sonriente junto al renglón. Hugo les sirvió leche tibia con un toque de vainilla. Pelusa se acomodó en su cojín junto a la ventana, bostezando.

Antes de que Rodrigo se fuera a su casa, ambos niños se quedaron pensativos un momento. Paola cerró su cuaderno y miró hacia donde tú estás leyendo. «Ahora queremos preguntarte algo: ¿qué ha cambiado en tu cuerpo desde que eras bebé? ¿Cuántos dientes se te han caído ya?» Rodrigo añadió: «Y recuerda: cepíllate bien los dientes, porque esos nuevos tienen que durarte toda la vida.»

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como quedan maquetadas, con sus ilustraciones.

Doble página de «El diente flojo de Paola»Doble página de «El diente flojo de Paola»

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; la conversación de después hace la otra mitad. Cinco preguntas para leer juntos al terminar.

  1. Rodrigo cree que a Paola se le va a quedar un hueco para siempre, como a los piratas. ¿Qué pensabas tú antes de que se te moviera el primer diente?
  2. Hugo le enseña a Paola sus fotos de bebé, sin un solo diente. ¿Te gustaría ver las tuyas y buscar qué ha cambiado?
  3. Paola escribe una lista de «Antes» y «Ahora». ¿Qué pondrías tú en cada columna?
  4. Detrás del diente flojo ya asomaba el permanente. ¿Por qué crees que hay que cuidar tanto esos dientes nuevos?
  5. Paola y Rodrigo se cepillan contando hasta treinta en cada zona. ¿Cómo te lavas tú los dientes? ¿Lo intentamos esta noche?

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