La magia de las tradiciones peruanas

  • Cuento gratis
  • 6 a 8 años
  • Aprendizaje
  • 6 min de lectura

Fernanda encuentra un retablo ayacuchano en la biblioteca del colegio y el Mago Crea Cuentos le explica que cada figurita guarda una tradición. Con Andrés, Camila, Rodri y Vera, la osita curiosa, cruza el Valle Sagrado, las dunas de Ica y el lago Titicaca siguiendo un hilo de lana.

Qué aprende con este cuento

Qué se celebra en el Inti Raymi y qué cuentan los tejidos, la marinera y la totora

El cuento

Capítulo 1: La puerta de los Andes

Fernanda encontró un retablo ayacuchano en la biblioteca del cole. Andrés, Camila y Rodri miraron sus figuritas pintadas. Vera, la osita curiosa, olisqueó la madera. Entonces apareció el Mago Crea Cuentos, guiñando un ojo.

Un mago con capa morada traza un círculo de luz roja junto a un retablo de madera lleno de figuritas pintadas mientras una niña se acerca corriendo

El mago tocó el retablo y dijo: «Cada figura guarda una tradición». Una luz roja y blanca giró como una cometa. Los niños dieron un paso y el suelo cambió. Estaban en los Andes, montañas altas como gigantes. El aire era fino, costaba respirar. Vera se pegó a Fernanda. Camila susurró: «¿Y si no encontramos el regreso?».

Rodri señaló una flor rosa intensa. Era cantuta, flor sagrada de leyendas. Crecía entre piedras y parecía sonreír. Andrés recogió agua de un arroyo helado. «Esto es aventura de verdad», dijo, tiritando. El mago asintió y dibujó un mapa brillante en el aire.

El mapa mostraba el Valle Sagrado. Bajaron por un sendero estrecho, con terrazas verdes a los lados. En una plaza, gente tejía textiles andinos, mantas con dibujos de llamas. Una mujer explicó que los colores cuentan historias. Fernanda tocó la lana suave. «Guardad un hilo», aconsejó el mago, «sirve como pista». Vera lo sostuvo en su patita.

De pronto, una nube oscura cubrió el camino. Sonó un tambor lejano. Era un puente colgante sobre un río bravo. Camila tragó saliva. Rodri dijo: «Pasamos juntos, paso corto». Andrés contó hasta tres. Fernanda avanzó primero, firme. Las tablas crujieron, pero resistieron.

Al otro lado, hallaron una piedra con un sol grabado. El mago explicó: «Es Inti, el Sol». Eso anunciaba el Inti Raymi, fiesta de agradecimiento. La piedra brilló y abrió una puerta de luz. Se oyeron cantos y flautas. Fernanda miró a sus amigos. «Seguimos», dijo. Y entraron sin soltar el hilo.

Capítulo 2: El eco del Inti Raymi

La puerta los dejó en una explanada llena de danzantes. Llevaban coronas doradas y capas rojas. El Inti Raymi estaba empezando. Vera aplaudió con suavidad. El mago susurró: «Mirad y aprended. Aquí la tradición late fuerte».

Una osita con gorro azul y el mago de capa morada contemplan una explanada verde adornada con banderines donde danzan varias figuras con capas rojas

Un actor hacía de Inca y levantaba los brazos al Sol. Todos guardaron silencio, como si el viento también escuchara. Andrés preguntó: «¿Por qué tanta calma?». Una niña del lugar respondió: «Es respeto, para pedir buen año». Camila vio un cuenco con chicha morada, bebida dulce de maíz morado. La probó despacio y sonrió. Rodri tomó notas en el aire, fingiendo ser explorador.

Sonaron pututos, caracolas que rugen como mar lejano. Fernanda sintió cosquillas de emoción. El hilo de lana tiró hacia una escalera de piedra. «La pista sigue», dijo el mago. Subieron rápido, pero sin empujar. Vera resopló, valiente. Desde arriba, el valle parecía un tapiz.

En la cima, hallaron un cofre pequeño. Tenía cerámica pintada con espirales. Rodri intentó abrirlo y se oyó un chasquido. El suelo tembló un poco. Camila murmuró: «Cuidado». El mago explicó: «Algunas tradiciones se abren con paciencia». Fernanda tocó el cofre y recitó lo que oyó abajo: palabras de agradecimiento. La tapa cedió lentamente. Dentro brillaba una pluma blanca.

La pluma señaló el horizonte, hacia nieve brillante. «Cordillera Blanca», leyó Andrés en el mapa. El viento trajo olor a hierbas, como molle, árbol aromático. Vera estornudó. Fernanda guardó la pluma junto al hilo. «Dos pistas, dos caminos», pensó. El mago negó con la cabeza. «Un solo viaje, muchas paradas».

Una sombra pasó por encima. Era un cóndor enorme, con alas de noche. Dio una vuelta y dejó caer una cinta roja. Camila la atrapó al vuelo. En la cinta había un dibujo de dunas. «Ica», dijo Rodri. El mago frunció el ceño. «Las dunas cambian, y confunden». Fernanda apretó el hilo. «Entonces iremos atentos». La luz volvió a girar.

Capítulo 3: Dunas de Ica y el susurro del Pacífico

Aterrizaron en dunas doradas. La arena silbaba con el viento. Rodri se hundió hasta los tobillos y rió. Vera rodó como una pelota. El mago levantó su varita. «Aquí, el suelo se mueve como un mar».

Un niño con los brazos abiertos se deja empujar por el viento en lo alto de una duna dorada mientras una osita rueda a su lado

Camila vio huellas que desaparecían enseguida. «Es fácil perderse», dijo. Fernanda ató el hilo a una estaca. Andrés encontró una cantimplora y repartió agua. Subieron una duna alta y, detrás, apareció una laguna verde. Parecía un espejo. El mago explicó: «Un oasis es agua en el desierto. Es un descanso escondido». Se sentaron un momento, respirando lento.

En el oasis flotaba una barquita. Tenía un símbolo de sol y una pluma pintada. Rodri empujó con cuidado. La barca avanzó sola, como si obedeciera. Fernanda notó un murmullo bajo el agua. «¿Lo oís?». Vera pegó la oreja al borde y se quedó quieta.

Del agua salió una caja sellada con cera roja. Andrés la sostuvo, sorprendido. «No pesa casi nada». El mago explicó: «Es un mensaje viajero». Camila rompió la cera y leyó: «Buscad la costa del Pacífico. Allí baila la marinera». Rodri levantó una ceja. «¿Bailar para seguir una pista?». Fernanda sonrió. «Bailar también es explorar». La barca los llevó hasta un sendero de sal.

Llegaron a un acantilado. Abajo rugía el océano Pacífico, azul y poderoso. El viento olía a sal y aventura. En un mercado cercano, una señora ofrecía ceviche, pescado con limón. «Pica un poquito», avisó. Andrés probó y abrió mucho los ojos. Camila rió. Vera solo olfateó, respetuosa. El mago dijo: «Cada sabor cuenta un lugar».

En una plaza, parejas bailaban marinera. Agitaban pañuelos blancos y giraban con gracia. Fernanda tomó un pañuelo y siguió los pasos. Rodri marcó el ritmo con palmas. Camila se unió, ligera. Andrés miró a Vera. La osita levantó su patita como saludo y todos rieron. Al final del baile, el suelo mostró un dibujo de lago. «Titicaca», dijo el mago, serio.

Dos niñas bailan marinera con un pañuelo blanco en alto en una plaza costera adornada con banderines, con notas musicales dibujadas en el aire

Capítulo 4: El lago Titicaca y el regreso del retablo

La luz los llevó al lago Titicaca, enorme y brillante. Parecía cielo caído. Barquitos de totora flotaban cerca. Fernanda se arrodilló para tocar el agua fría. Vera miró su reflejo y gruñó bajito, impresionada. El mago habló: «Aquí las historias navegan».

Un niño del lugar les explicó que la totora es una planta larga. Se seca y sirve para hacer islas y barcos. Camila subió con cuidado y sintió el suelo elástico. Rodri dijo: «Parece una alfombra viva». Andrés sostuvo el hilo y la pluma, comparando pistas. De pronto, nubes taparon el Sol y el lago oscureció. Fernanda notó un chapoteo cercano. «Algo se acerca», avisó.

Una ola levantó la barca. No era gigante, pero daba miedo. Vera se puso delante, protegiendo. El mago señaló un remolino pequeño. «Es un giro traicionero». Fernanda recordó la palabra respeto del Inti Raymi. Bajó la voz y pidió calma. El agua se serenó, como si entendiera.

Una osita y el mago navegan en una barca de totora sobre el lago Titicaca al atardecer, con un remolino girando en el agua y los nevados al fondo

En la orilla apareció un anciano artesano con cerámica pintada. Les mostró un plato con rojo y blanco, como bandera. «Fiestas Patrias», explicó, «celebramos ser comunidad». Rodri preguntó por el camino de vuelta. El artesano señaló el retablo dibujado en la arena. Camila colocó la pluma encima. Andrés puso el hilo. Fernanda añadió el pañuelo. El dibujo se iluminó, formando una puerta.

Antes de cruzar, el mago dijo: «Una aventura enseña, pero también pide compartir». Fernanda asintió. «Contaremos lo que vimos». Camila prometió explicar qué es un oasis. Rodri hablaría de la totora. Andrés recordaría los tejidos. Vera levantó su patita, como juramento. La puerta vibró, impaciente. El viento olía a regreso.

Entraron y volvieron a la biblioteca. El retablo estaba en la mesa, tranquilo. Sin embargo, sus figuritas parecían más vivas. El Mago Crea Cuentos guiñó de nuevo. «Ahora la magia es vuestra: contadla». Fernanda miró a sus amigos. «Mañana, en clase, haremos un mapa de Perú». Vera gruñó feliz. Y el retablo brilló una última vez.

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como quedan maquetadas, con sus ilustraciones.

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; la conversación de después hace la otra mitad. Cinco preguntas para leer juntos al terminar.

  1. Una mujer les explica que los colores de los tejidos cuentan historias. Si tuvieras que contar la tuya con colores, ¿cuáles elegirías?
  2. En el Inti Raymi todos guardan silencio por respeto antes de pedir un buen año. ¿En qué momentos guardáis silencio en tu casa o en tu clase?
  3. El cofre solo se abre cuando Fernanda repite unas palabras de agradecimiento. ¿A quién le darías tú las gracias hoy?
  4. Rodri pregunta si hay que bailar para seguir una pista, y Fernanda le dice que bailar también es explorar. ¿Qué haces tú cuando suena una canción que te gusta?
  5. Al volver, cada uno se encarga de contar una cosa: el oasis, la totora, los tejidos. ¿Qué has aprendido últimamente que te apetezca contarle a alguien?

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