El cuento
Capítulo 1: El enfado misterioso
Luis jugaba con sus bloques cuando mamá le pidió recoger. De repente sintió calor en la cara y gritó muy fuerte. No sabía por qué se enfadaba tanto. Sus padres se quedaron sorprendidos por su reacción tan descontrolada.
Mamá se acercó con cuidado y le preguntó qué le pasaba. Luis no lo sabía explicar. Se sentía confundido y un poco asustado de sus propios gritos. Papá también vino a consolarlo. Entre los tres intentaron entender qué había ocurrido, pero Luis seguía sin comprender por qué se había enfadado de esa manera tan extraña.
Esa noche, Luis no podía dormir. Pensaba en lo que había pasado durante el día. Se sentía mal por haber gritado a mamá. Ella siempre era muy cariñosa con él y con su hermanito Jesús. No entendía sus enfados repentinos.
Al día siguiente, Luis fue al parque con su amigo Matías. Estaban jugando al fútbol cuando Matías marcó un gol. Luis sintió otra vez ese calor extraño en el pecho y la garganta. Comenzó a gritar que Matías había hecho trampa, aunque sabía que no era verdad. Su amigo se quedó muy triste.
Luis corrió hacia casa sintiéndose terrible. No quería hacer daño a su amigo, pero algo dentro de él le hacía comportarse mal. Llegó a su habitación y se tumbó en la cama. Cogió su libro favorito de dinosaurios para intentar calmarse un poco.

Mientras pasaba las páginas del libro, algo increíble sucedió. Su dinosaurio favorito del cuento saltó desde las ilustraciones hasta su cama. Luis se frotó los ojos, pero el dinosaurio seguía allí.
—Hola, Luis, soy Guni —dijo con voz suave—. He venido para ayudarte a entender qué te está pasando en tu interior.
Capítulo 2: Guni explica el misterio

Guni sonrió con ternura y se sentó junto a Luis.
—Dentro de ti vive un pequeño mago. Todos tenemos uno. El tuyo se llama Blas —explicó Guni—. Él quiere protegerte y cuidarte siempre. Pero todavía es muy joven e inexperto.
Luis escuchaba con curiosidad.
—Blas tiene una estantería mágica llena de bolas de colores —continuó Guni—. En la parte más alta están las verdes, pocas pero muy especiales. Después vienen las amarillas, que contienen ideas brillantes. Más abajo están las naranjas. Y en la parte más baja, las más fáciles de alcanzar, están las rojas y azules.
Guni movió sus pequeñas garras describiendo la estantería.
—Cuando Blas ve algo que podría disgustarte, intenta enviarte una bola. Las amarillas te ayudan a pensar con calma. Pero a veces está cansado y coge las rojas.

—Las bolas rojas son las del enfado —explicó Guni—. Cuando Blas te lanza una, se coloca en tu pecho o garganta. Entonces sientes calor, como si algo te quemara por dentro. Los gritos salen solos, aunque no quieras comportarte mal. Es la manera torpe de Blas de avisarte de algo.
Luis recordó cuando gritó a mamá y a Matías. Las sensaciones no eran agradables, no entendía por qué Blas hacía eso.
—Blas solo quiere protegerte, pero necesita aprender a comunicarse mejor contigo. A veces te avisa de cosas importantes de forma equivocada —explicó Guni.
—También puede ocurrir que Blas te envíe una bola amarilla para avisarte de algo, pero tú la ignores. Entonces, para que le escuches, te lanza una bola roja en el peor momento —añadió—. Es su manera de llamar tu atención cuando no le haces caso a sus advertencias tranquilas.
Capítulo 3: Conociendo a Blas

Luis frunció el ceño, algo molesto.
—Entonces Blas me complica la vida con mis padres y amigos —protestó.
Guni sonrió con picardía.
—No creas. Tú también tienes un papel en esto. Creo que ha llegado el momento de que conozcas a Blas.
El dinosaurio cerró los ojos y murmuró unas palabras mágicas. De repente, apareció una pequeña nube brillante en la habitación. Poco a poco, la nube se transformó en un niño diminuto con un sombrero puntiagudo y una túnica estrellada. Era Blas, el pequeño mago que vivía dentro de Luis.
Blas parecía nervioso y un poco triste.
—Hola, Luis —dijo con voz tímida—. Sé que a veces te enfadas por mi culpa. Pero de verdad que solo quiero cuidarte y protegerte de las cosas que podrían hacerte daño.
Luis lo miró con curiosidad. Blas era mucho más pequeño de lo que había imaginado.
—Soy joven e inexperto —continuó el mago—. A veces me canso trepando por la estantería mágica para alcanzar las bolas amarillas. Entonces cojo las rojas porque están más cerca y son más fáciles de agarrar. Lo siento.
—Cuando mamá te pidió recoger los bloques, vi que estabas muy cansado. Quería ayudarte, pero solo alcancé una bola roja. Con Matías pasó igual: vi que te dolía perder y cogí la bola equivocada —explicó Blas con tristeza.
Luis comenzó a entender. Blas realmente quería ayudarle, pero a veces no sabía cómo hacerlo.
—No te preocupes, Blas —dijo Luis con cariño.
La comprensión de Luis hizo que Blas creciera.
—Me gustaría que pudiéramos comunicarnos mejor. ¿Hay alguna manera?
Blas sonrió y sus ojos brillaron con esperanza.
—Sí, conozco dos fórmulas secretas.
Capítulo 4: Las fórmulas mágicas

Blas se acercó a Luis con emoción.
—La primera fórmula me ayuda a crecer y hacerme fuerte. Así podré trepar mejor por la estantería y coger las bolas apropiadas. Pero necesito tu ayuda para que funcione.
—Tienes que tumbarte en la cama cada día y hacer respiraciones profundas durante un minuto —explicó—. Eso me dará la energía que necesito para crecer. Debemos hacerlo hasta que cumplas quince años. Entonces volveremos a hablar para ver si necesito algo más para seguir mejorando.
—La segunda fórmula es para cuando ya te haya lanzado una bola amarilla y luego otra roja —continuó Blas—. Primero, haz diez respiraciones muy profundas. Eso hará que la bola roja se vuelva más pequeñita.
—Después, escucha a esa bola roja —prosiguió—. Pregúntate si te está avisando de algo importante o si me he equivocado al lanzártela. Si realmente hay algo que solucionar, vuelve a respirar profundo diez veces más. La bola roja desaparecerá dejando espacio a la amarilla, que traerá ideas que te ayuden.
Luis asintió entusiasmado.
—Probaré las dos fórmulas —prometió.
Blas le dio un abrazo muy fuerte.
—Gracias por entenderme, Luis. Nos veremos en tu decimoquinto cumpleaños.
El pequeño mago desapareció convertido en estrellitas brillantes que se desvanecieron lentamente.
Guni también se preparó para marcharse.
—Siempre puedes contar conmigo cuando hay algo que no entiendes —le dijo a Luis.
El dinosaurio saltó de vuelta al libro y se convirtió otra vez en dibujo. Luis cerró el libro sonriendo. Ahora comprendía sus enfados y sabía cómo controlarlos.





