El cuento
Capítulo 1: El nudo que no se va
Iker se apoyó contra la ventana del aula. Fuera, el patio estaba vacío y gris. El viernes, delante de todas las familias, 2.º B leería poemas en voz alta. A él le tocaba uno sobre las estrellas. Llevaba tres días con un nudo en la barriga que apretaba y apretaba.

Abril se sentó a su lado y sacó su reloj de pulsera, el que le había regalado su abuela. «Faltan dos días, diecinueve horas y... cuarenta minutos», calculó en voz alta. Iker hizo una mueca. «No quiero ir». Abril frunció el ceño. «Pero si tu poema es el más bonito». «Me da igual. Tengo algo aquí dentro». Se tocó la tripa. «Como si hubiera un nudo de verdad».
Abril tamborileó los dedos sobre la mesa. De pronto, sus ojos brillaron. «¡Ya sé! Esta tarde voy al centro de salud con mi papá. Él es enfermero. ¿Quieres venir? A lo mejor te mira la barriga». Iker dudó. No le gustaban las consultas. Pero aquel nudo le molestaba tanto... «Vale», murmuró.
El centro de salud olía a limpio. La sala de espera tenía sillas naranjas, verdes y azules, como caramelos gigantes. En las paredes colgaban dibujos de niños y niñas con batas blancas. Sergio, el papá de Abril, salió de una puerta con una carpeta bajo el brazo. Tenía barba oscura y una sonrisa tranquila. «Hola, detective Abril. ¿Traes refuerzos?». Ella asintió, señalando a Iker.
Entonces apareció Moka. Era un perro de pelo suave y negro, con un lazo rosa y ojos amables. Caminaba despacio entre las sillas, como si supiera exactamente adónde ir. Se detuvo frente a Iker y apoyó el hocico en su rodilla. «Moka visita el centro dos veces por semana», explicó Sergio. «Acompaña a quien está nervioso». Iker acarició su cabeza.

El nudo seguía ahí, pero Moka parecía notarlo. Respiraba despacio, mirándole fijamente. Iker hundió los dedos en su pelaje tibio. «A lo mejor él también tiene nudos a veces», pensó en voz alta. Abril se sentó en el suelo junto a ellos. «Mi papá dice que Moka es un experto en nervios». Sergio rio. «Algo así. Vamos a mi consulta. Quiero enseñaros una cosa».
Capítulo 2: Detectives del cuerpo
La consulta tenía una camilla cubierta con papel blanco, un ordenador y un armario lleno de frascos. Sergio sacó un fonendo de un cajón. «Hoy vais a ser detectives del cuerpo», anunció. Iker miró a Abril, confuso. «¿Detectives?». «Exacto. Buscamos pistas que el cuerpo nos da». Les guiñó un ojo.
Sergio colocó los auriculares del fonendo en las orejas de Iker y apoyó el disco frío sobre su pecho. «Escucha». Iker cerró los ojos. Tum-tum, tum-tum, tum-tum. Su corazón galopaba como un caballo desbocado. «Va muy rápido», susurró, asombrado. Sergio asintió. «Es una señal. ¿Qué más notas?». Iker miró sus manos. Estaban húmedas. «Sudo un poco». El nudo apretaba otra vez.

«Tres pistas: corazón rápido, manos sudorosas, nudo en la barriga», enumeró Sergio. «Iker, ¿crees que estás enfermo?». Él asintió, preocupado. «Pues no lo estás», dijo Sergio con calma. «Son señales de los nervios. Tu cuerpo se prepara para algo importante, como leer delante de la gente». Iker parpadeó. «¿Los nervios hacen eso?».
«Sí. Es una emoción, como la alegría o el enfado. Y todas tienen señales». Abril levantó la mano como en clase. «Yo noto calor aquí cuando me enfado». Se tocó las mejillas. «Y a veces aprieto los puños sin querer». Sergio sonrió. «Exacto. Cada emoción avisa de manera diferente. Probemos un juego: os digo una señal y vosotros adivináis la emoción».
«Lágrimas en los ojos», propuso Sergio. «Tristeza», respondió Abril. «Ganas de saltar y reír». «Alegría», dijo Iker, más animado. «Corazón rápido y ganas de esconderte». Iker y Abril se miraron. «Miedo», dijeron a la vez. Moka movió la cola, tumbado bajo la camilla. Sergio les chocó la mano. «Detectives excelentes. Ahora sabéis algo importante».
«Lo que sientes tiene señales en tu cuerpo. Y cuando sabes reconocerlas, puedes ponerles nombre». Iker se frotó la barriga. «Entonces esto no es un nudo de verdad. Son... nervios». Pronunció la palabra despacio, como probándola. Sergio asintió. «Y los nervios dicen que el viernes es importante para ti. Por eso tu cuerpo se prepara». Iker miró a Abril. Ella le sonrió. El nudo seguía ahí, pero ya no le asustaba tanto.
Capítulo 3: Tres trucos y una verdad
Iker se cruzó de brazos. «Pero los nervios son malos. Yo quiero no sentirlos nunca». Sergio negó con la cabeza. «Ninguna emoción es mala, Iker. Todas avisan de algo. Los nervios te dicen que te importa hacerlo bien. Eso es bueno». Abril arrugó la nariz, pensativa. «Entonces, ¿qué hacemos con ellos?».
«Aprendemos trucos para calmarnos», explicó Sergio. «El primero: respirar despacio». Se llevó la mano a la nariz. «Imagina que hueles una flor». Inspiró hondo. «Ahora soplas una vela de cumpleaños». Soltó el aire muy despacio. Iker y Abril lo imitaron. Una vez. Dos. Tres. Moka bostezó, estirándose. «Mi corazón va más lento», murmuró Iker, sorprendido. Abril asintió, tocándose el pecho.
«Segundo truco: decir en voz alta qué sientes», continuó Sergio. «A veces las emociones pesan menos cuando las compartes». Iker tragó saliva. «Tengo nervios porque voy a leer delante de mucha gente y me da miedo equivocarme». Las palabras salieron de golpe. Abril le apretó la mano. «Yo también me pongo nerviosa antes de los exámenes».
Sergio sonrió. «Tercer truco: moverse. Cuando el cuerpo se mueve, la emoción se mueve también». Abrió la puerta de la consulta. «Vamos a dar un paseo por el pasillo». Caminaron despacio, Moka entre ellos. Iker notó cómo sus piernas perdían rigidez. Abril dio tres saltitos. «Es verdad. Me siento más ligera». Al volver, Iker se tocó la barriga. El nudo seguía, pero más pequeño.
«Hay más cosas que ayudan», añadió Sergio, apoyándose en la camilla. «Dormir bien la noche antes. Jugar con los amigos. Estar con alguien que te quiere». Moka apoyó la cabeza en el regazo de Iker. Él acarició sus orejas suaves. «Moka me ayuda», reconoció. Abril levantó un dedo. «Y repasar el poema sin agobiarte, ¿no?». Sergio asintió.
Iker respiró como si oliera una flor invisible. Soltó el aire despacio. «Nervios», dijo en voz alta. «Tengo nervios porque el viernes es importante». Sergio le revolvió el pelo. «Muy bien, detective. Ya sabes tres cosas: reconocer las señales, ponerles nombre y usar trucos para calmarte. El nudo no desaparecerá del todo, pero tú sabrás qué hacer con él». Iker asintió. Por primera vez en tres días, sonrió.
Capítulo 4: El viernes de Iker
El viernes llegó con un cielo azul y limpio. En la clase de 2.º B, Iker apretaba su poema entre las manos. Las familias llenaban las sillas del fondo. El reloj de agujas marcaba las once menos diez. El nudo volvió a apretar. «Nervios», susurró para sí mismo. «Solo son nervios».
Abril estaba sentada en la primera fila, con su reloj de pulsera brillando bajo la luz. Le hizo una seña con el pulgar hacia arriba. Iker respiró hondo, como si oliera una flor enorme. Soltó el aire despacio, apagando una vela imaginaria. Una vez. Dos. Cuando la maestra dijo su nombre, se levantó. Sus piernas temblaban un poco, pero caminaron.
Frente a tantas caras, el nudo parecía un puño cerrado. Iker buscó a Abril con la mirada. Ella sonreía, moviendo los labios: «Tú puedes». Iker bajó los ojos al papel. «Las estrellas son faros del cielo», leyó. Su voz salió temblorosa. Tragó saliva. «Guían a los barcos perdidos». Palabra a palabra, el poema fluyó.
Al terminar, hubo un aplauso cálido. Iker volvió a su sitio con las mejillas rojas y el corazón todavía rápido. Pero el nudo se había aflojado. En su lugar, notó algo diferente: un cosquilleo ligero en el pecho. «Alegría», pensó, asombrado. Abril le chocó la mano por debajo de la mesa. «Lo has bordado», susurró. Iker sonrió de oreja a oreja. Sí, ahora sentía alegría.

En el recreo, sentados bajo el árbol del patio, Iker y Abril repasaron todo. «Las emociones tienen señales», dijo Abril, contando con los dedos. «Corazón rápido, manos sudorosas, nudo en la barriga». «Y tienen nombre», añadió Iker. «Nervios, miedo, alegría, tristeza, enfado». «Y ninguna es mala». «Y hay trucos: respirar, hablar, moverse, dormir bien, estar con amigos».

Iker recordó a Moka, su pelo suave y su mirada tranquila. «Ojalá pudiera darle las gracias». Abril sonrió. «Mi papá dice que volverá el martes». Iker asintió. Luego miró hacia ti, como si pudiera verte a través de las páginas. «Y tú, ¿dónde notas los nervios? ¿En la barriga, en las manos, en el pecho? ¿Qué truco te ayuda a calmarte: respirar, moverte o hablar con alguien?».





