¡Piojos en 3º A!

  • Cuento gratis
  • 6 a 8 años
  • Aprendizaje
  • 10 min de lectura

Llega un aviso de la escuela y esa misma noche a Mariana le empieza a picar la cabeza. Tiene piojos y no entiende por qué, si se baña todos los días. Su amigo Tadeo repite lo que ha oído en el recreo: que es por no lavarse bien o que se los pegó su perro Coco. Abuela Meche, con su peine fino, les aclara las ideas a los dos.

Qué aprende con este cuento

Que los piojos no tienen que ver con estar limpio o sucio: pasan de cabeza a cabeza y se tratan sin vergüenza y sin burlas

El cuento

Capítulo 1: Una noticia que pica

Mariana dobló la hoja que la maestra había repartido al final de la clase y la guardó en su mochila sin leerla. Tadeo, su mejor amigo, sí la leyó en voz alta mientras caminaban hacia la salida: «Aviso importante: se han detectado casos de pediculosis en el grupo. Revisen a sus hijos esta semana». Mariana arrugó la nariz. «Piojos», tradujo Tadeo, rascándose la nuca solo de pensarlo.

Esa noche, después de cenar quesadillas de flor de calabaza que preparó la abuela Meche, Mariana subió a su cuarto a terminar la tarea de Matemáticas. Dibujaba un mapa de su colonia para la clase de Geografía cuando sintió un cosquilleo extraño en la cabeza. Se rascó una vez, luego otra. Al poco rato, la comezón era tan molesta que bajó las escaleras de dos en dos. «Abuela, me pica mucho la cabeza», confesó, con la voz temblorosa. Abuela Meche dejó el trapo de cocina sobre la mesa y encendió la lámpara del comedor. «Ven, mi niña, vamos a revisar».

La abuela fue a buscar un peine fino de metal que guardaba en el baño del piso de arriba. Con paciencia, separó el cabello de Mariana en mechones delgados y pasó el peine desde la raíz. En la segunda pasada apareció un puntito oscuro que se movía. Mariana lo vio caer sobre la hoja blanca que su abuela había puesto debajo. «Sí, mi niña. Tienes piojos», dijo Abuela Meche con calma, limpiando el peine con un pañuelo desechable.

Mariana sintió que el mundo se le venía encima. Ella, que siempre llevaba las uñas limpias, que se bañaba cada día, que cepillaba sus dientes después de cada comida, que doblaba su ropa con esmero. «¡Pero si me baño todos los días!», sollozó, tapándose la cara con las manos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas. Abuela Meche la abrazó y le acarició la espalda. «Lo sé, mi amor. Esto no tiene nada que ver con bañarse. Los piojos les pasan a niños limpios y a niños sucios por igual. Mañana te explico bien».

Mariana llora tapándose la cara con las manos, sentada a la mesa del comedor

Mariana subió a su cuarto sintiéndose avergonzada. Guardó sus lápices de colores en el estuche sin ganas de terminar el mapa. Desde la ventana vio al perro de la familia, Coco, dormido en su casita del patio. «¿Y si me los pegó él?», pensó en voz baja. Abajo, Abuela Meche ya lavaba las fundas de las almohadas con agua caliente. Mariana se acostó dándole vueltas a la cabeza, preguntándose cómo le iba a explicar a Tadeo.

A la mañana siguiente, Mariana despertó temprano. Se bañó con cuidado, se cepilló los dientes frente al espejo y se puso una playera limpia. Bajó a desayunar sin hacer ruido. Abuela Meche ya estaba en la cocina, preparando café de olla. «Hoy no vas a la escuela, mi niña. Vamos a empezar el tratamiento para quitarte esos bichitos. Le avisaré a tu papá y a la maestra». Mariana asintió, mordiéndose el labio. Justo entonces sonó el timbre: era Tadeo, que venía a traer el cuaderno de Ciencias que Mariana había olvidado el día anterior.

Capítulo 2: Las ideas equivocadas

Tadeo entró a la sala cargando el cuaderno azul. «Mariana, aquí está tu—», empezó, pero se detuvo al verla con los ojos rojos. «¿Qué pasó?», preguntó, dejando el cuaderno sobre la mesa de centro. Mariana agachó la mirada. Abuela Meche salió de la cocina secándose las manos. «Tiene piojos, Tadeo. Por eso se queda hoy en casa», explicó con naturalidad, como quien habla del clima.

Tadeo dio un paso atrás y se rascó la cabeza. «Ay, Mariana. Seguro fue porque no te lavaste bien el pelo la última vez que te bañaste», dijo sin pensar, recordando algo que había escuchado en el recreo. «O tal vez te los pegó Coco. Mi primo dice que los perros tienen piojos y se los pasan a las personas si los abrazas mucho». Mariana apretó los puños. Sentía que las mejillas le ardían de vergüenza y de coraje. Abuela Meche levantó una mano con firmeza. «Tadeo, siéntate un momento. Hay que aclarar esas ideas».

Tadeo, preocupado, se rasca la cabeza en la sala de casa de Mariana

La abuela sacó el peine fino del cajón del aparador y lo puso sobre la mesa. «Los piojos no tienen nada que ver con estar sucio o limpio. Pasan de una cabeza a otra cuando las cabezas se juntan, o cuando se comparten peines, gorras, diademas o ligas para el pelo. Nada más», explicó, señalando el peine. «Y los piojos de las personas no viven en los perros. Cada especie tiene sus propios parásitos».

Tadeo abrió los ojos, sorprendido. «Pero en el recreo dijeron que solo les da a los niños que no se bañan...», murmuró, sintiendo que se había equivocado. Abuela Meche negó con la cabeza. «Eso es un mito, Tadeo. Los piojos buscan cualquier cabeza, limpia o sucia. Les gusta la sangre del cuero cabelludo, no la mugre. Y se mueven rápido cuando dos cabezas se acercan. Por eso se contagian tan fácil en la escuela, cuando los niños juegan juntos, se abrazan o comparten cosas que tocan el pelo».

Mariana levantó la vista, sintiendo un alivio enorme. «Entonces... ¿no es mi culpa?», preguntó con un hilo de voz. «Para nada, mi niña. Le puede pasar a cualquiera», respondió Abuela Meche, acariciándole el hombro. Tadeo se mordió el labio, avergonzado. «Perdón, Mariana. No debí decir eso sin saber. Me dejé llevar por lo que otros dijeron». Mariana asintió despacio, aceptando la disculpa de su mejor amigo.

Abuela Meche trajo tres vasos de agua de jamaica y se sentó con ellos. «Lo importante ahora es tratarlos bien y avisarle a la escuela para que otros papás revisen a sus hijos. Así se corta la cadena de contagio. No hay que sentir vergüenza, sino actuar». Tadeo bebió un sorbo, pensativo. «Abuela Meche, ¿me puede revisar a mí también? Ayer jugamos futbol en el recreo y chocamos cabezas varias veces cuando festejamos un gol». La abuela sonrió. «Claro que sí, Tadeo. Vamos a revisarte».

Capítulo 3: El tratamiento y los hábitos de siempre

Abuela Meche llevó a Tadeo al comedor, donde la luz era mejor. Le pasó el peine fino con cuidado, mechón por mechón, revisando desde la raíz hasta las puntas. Tadeo se quedó quieto, conteniendo la respiración. Después de varios minutos, la abuela dejó el peine sobre la mesa. «Estás limpio, Tadeo. No tienes nada. Pero es bueno que te revises en casa esta semana, por precaución».

Abuela Meche le pasa el peine fino a Tadeo, sentado a la mesa del comedor

Tadeo suspiró aliviado. «Gracias, abuela Meche. ¿Y ahora qué hacemos con Mariana?». La abuela señaló el peine fino. «Hay que peinarla todos los días, mechón por mechón, para sacar los piojos y las liendres, que son los huevecillos que pegan en el pelo. También lavamos con agua caliente las sábanas, las fundas, las toallas, los peines y todo lo que haya tocado su cabeza. Así, poco a poco, se van eliminando». Mariana escuchaba atenta, anotando mentalmente cada paso como si fuera una receta de cocina.

Durante la siguiente hora, Abuela Meche peinó a Mariana con paciencia infinita. Separaba cada mechón, pasaba el peine desde la raíz y limpiaba los dientes del peine con un pañuelo húmedo. Mariana apretaba los ojos cada vez que sentía un tirón, pero no se quejaba. Tadeo observaba todo, fascinado por la precisión de la abuela. «Es como buscar piedras en la arena», comentó. «Exacto», dijo Abuela Meche.

Abuela Meche peina a Mariana mechón por mechón, con los pañuelos sobre la mesa

Cuando terminaron, la abuela llevó las fundas de las almohadas y las sábanas a la lavadora. Mariana la ayudó a echar el detergente y a programar el ciclo con agua caliente. «Hay que hacerlo durante varios días seguidos, porque las liendres tardan en abrirse. Si dejamos una viva, vuelven a salir piojos», explicó la abuela mientras cerraba la tapa de la lavadora. Tadeo preguntó: «¿Y los hábitos de higiene normales? ¿Esos siguen igual?». Abuela Meche asintió, sonriendo. «Por supuesto. Los piojos son algo aparte de la higiene diaria».

Los tres se sentaron en la cocina. Abuela Meche sacó una libreta y dibujó una lista rápida. «Bañarse, lavarse los dientes después de comer, lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño, mantener las uñas cortas y limpias, usar ropa limpia cada día. Eso nos protege de muchas enfermedades, pero no de los piojos. Ellos buscan cabezas, no suciedad». Mariana copió la lista en su cuaderno, perfeccionista como siempre.

Tadeo agregó algo importante. «Y no compartir peines, gorras, diademas ni ligas, porque así es como saltan de una cabeza a otra». Abuela Meche aplaudió suavemente. «Muy bien, Tadeo. Aprendiste rápido». Mariana cerró su cuaderno y miró a su amigo. «Gracias por quedarte a ayudar. Y perdón por haberte asustado al principio». «No hay nada que perdonar», respondió Tadeo. «Somos equipo. Y los equipos se cuidan entre todos». Abuela Meche preparó unas quesadillas para los dos, y comieron juntos, planeando cómo contarle a la clase lo que habían aprendido.

Capítulo 4: Sin vergüenza, con cuidado

Una semana después, Mariana regresó a la escuela. Cada noche, Abuela Meche había peinado su cabello con el peine fino, y ya no encontraba ni un solo piojo. Mariana llevaba el pelo recogido en su medio chongo de siempre, pero ahora con una liga nueva que no compartía con nadie. En el salón, algunos compañeros cuchicheaban, pero Tadeo y ella sabían la verdad.

Durante el recreo, un niño de otro grupo se burló de una compañera que acababa de volver después de tener piojos. «Seguro vives en una casa sucia», dijo en voz alta, provocando risas nerviosas. Tadeo se acercó con calma. «Eso no es cierto. Los piojos les pasan a todos, limpios o no. Se contagian cuando las cabezas se juntan o cuando se comparten peines y gorras. Mi abuela me lo explicó, y ella sabe mucho». El niño se quedó callado, sin saber qué responder. Mariana sonrió, orgullosa de su amigo.

De regreso en el salón, la maestra agradeció a quienes habían avisado sobre los piojos y recordó las medidas de prevención. Tadeo y Mariana intercambiaron una mirada cómplice. Después de clases, caminaron juntos hacia la casa de Mariana. «Aprendimos mucho esta semana», dijo Mariana, ajustando su mochila. «Sí. Y lo mejor es que ya no tengo miedo ni vergüenza», añadió ella, pensativa.

En el patio de la casa, Coco los recibió moviendo la cola. Mariana lo acarició sin dudarlo. «Pobre Coco, lo culpamos sin razón», dijo entre risas. Tadeo sacó su lupa del bolsillo y observó una hormiga que cruzaba el piso. «Es curioso: antes creía que sabía mucho de bichos, pero no sabía nada de piojos. Pensé que eran de sucios, y resultó que solo buscan cualquier cabeza para vivir». Abuela Meche salió al patio con una jarra de agua de limón. «Así es, Tadeo. A veces las ideas equivocadas viajan más rápido que la verdad».

Mariana acaricia a Coco, el perro de la familia, junto a su casita del patio

Los tres se sentaron bajo la sombra del árbol del patio. Mariana abrió su cuaderno y releyó la lista de hábitos. «La higiene nos cuida de muchas cosas: gérmenes, infecciones, caries. Pero los piojos son diferentes. No son señal de suciedad, solo de contacto. Y no se comparten peines, gorras ni ligas», resumió en voz alta. Tadeo asintió. «Y si alguien los tiene, se trata sin burlas y sin vergüenza».

Abuela Meche levantó su vaso de agua de limón. «Salud por lo que aprendieron». Mariana y Tadeo chocaron sus vasos con el de ella. Luego, Mariana cerró el cuaderno y miró hacia adelante, como si hablara con alguien invisible. «Y tú, que estás leyendo esto: ¿qué cosas de tu higiene haces cada día? ¿Te lavas las manos antes de comer? ¿Te cepillas los dientes después? ¿Qué cosas no deberías compartir para cuidarte y cuidar a los demás?». Tadeo agregó, sonriendo: «Piénsalo bien. Porque cuidarse es cosa de todos».

Así queda el cuento por dentro

Dos páginas del cuento tal y como quedan maquetadas, con sus ilustraciones.

Doble página de «¡Piojos en 3º A!»Doble página de «¡Piojos en 3º A!»

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Preguntas para hablar después de leerlo

El cuento hace la mitad del trabajo; la conversación de después hace la otra mitad. Cinco preguntas para leer juntos al terminar.

  1. Mariana llora porque se baña todos los días y aun así tiene piojos. ¿Por qué crees que sintió tanta vergüenza?
  2. Tadeo repite lo que dicen en el recreo: que los piojos son de sucios o que los pasan los perros. ¿Has oído tú alguna idea que luego resultó no ser verdad?
  3. Abuela Meche explica que los piojos pasan cuando se juntan las cabezas o se comparten peines, gorras o ligas. ¿Qué cosas no deberías compartir?
  4. Tadeo le pide perdón a Mariana y luego defiende a una compañera en el recreo. ¿Qué harías tú si alguien se burla de otro niño?
  5. Mariana copia en su cuaderno la lista de hábitos de higiene. ¿Cuáles haces tú cada día?

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Por qué funciona este cuento

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